Anochecer, de Isaac Asimov: cuando el conocimiento no basta
No es magia ni superstición, pero tampoco un secreto, que la carrera de Isaac Asimov se transformó completamente después de un eclipse. Pero no de Sol, o de nuestro sol, y no en la Tierra, o en nuestra tierra.
«Nightfall» («Anochecer») apareció en el número de septiembre de 1941 en la revista Astounding Science Fiction, y no solo eso, sino que fue el primer relato de Asimov que consiguió la ilustración de portada. Y no es que fuera un autor completamente desconocido entonces, pero tampoco era el gigante de la ciencia ficción en el que se convertiría más adelante. Aquel relato, precisamente, fue el que empezó a cambiar eso.

Para aquel año, el joven Isaac Asimov ya había publicado alrededor de quince historias, incluyendo las primeras de lo que se convertiría en la saga de robots positrónicos. El 17 de marzo de aquel año —así de preciso es en sus memorias— fue a visitar a John W. Campbell, el editor de la revista, a su oficina y este le leyó la siguiente cita de Ralph Waldo Emerson: «Si las estrellas aparecieran una noche cada mil años, ¡cómo creerían y adorarían los hombres! Sin duda atesorarían durante muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que les fue mostrada», para añadir posteriormente que no estaba de acuerdo, y que, en realidad, si las estrellas aparecieran una noche cada mil años, la gente enloquecería. Ese sería el tema sobre el que Asimov debía escribir su próximo relato. En abril, se lo presentó a Campbell y, cuando vio la luz, se convirtió en uno de los grandes clásicos de todos los tiempos de la ciencia ficción. Hasta el punto de que, casi cincuenta años más tarde, acabó convertido en novela. Robert Silverberg hizo la mayor parte del trabajo, bajo la supervisión, aprobación y con las felicitaciones del propio Asimov.
Pero lo interesante de «Anochecer», como de casi toda la ciencia ficción, es qué dice de nosotros, sobre todo justo después de que hayamos vivido en la península ibérica un eclipse total de Sol, algo que no ocurría desde hace 114 años —las islas Canarias sí pudieron experimentar uno el 2 de octubre de 1959—.
Isaac Asimov nos traslada a Kalgash, un planeta que orbita en torno a un sistema de seis soles. Como alguno de ellos está siempre por encima del horizonte, allí nunca se hace de noche. Pero los astrónomos descubren que se aproxima una rara configuración astronómica que dejará todo completamente a oscuras. Descubren que el fenómeno, que se repite cada poco más de dos mil años, se produce cuando Kalgash Dos, una luna hasta entonces desconocida, eclipsa el sol Beta —o Dovim, en la novela—, el único que estará en ese momento en el cielo. Los mitos cuentan que, cuando eso sucede, aparece algo llamado «estrellas», que traen consigo una lluvia de fuego que roba las almas y enloquece a la población, trayendo el caos, y con él, el fin del mundo.
Los astrónomos de Kalgash, como nosotros, saben que el eclipse va a suceder e incluso tienen una explicación científica para él. Aun así, siguen sin entender lo que implica. No pueden imaginar lo que es la oscuridad más allá de la que experimentan en las grutas y zonas subterráneas del planeta. Y mucho menos las estrellas. ¿Podíamos imaginarla nosotros antes del pasado 12 de agosto? No la oscuridad, obviamente, sino el tipo de oscuridad que trajo consigo el eclipse total de Sol. Isaac Asimov estaba lanzándonos una pregunta muy interesante: ¿qué nos puede aclarar, y qué no, el conocimiento científico sobre una experiencia que nunca hemos vivido?
Durante semanas —puede que, en realidad, meses— el eclipse estuvo copando los medios, tanto científicos como generalistas. Se nos informó absolutamente de todo: trayectoria, franja de totalidad y duración de esta, porcentajes de ocultación fuera de la franja de totalidad —algo que, eso sí se avisó, cambiaba totalmente la experiencia—, peligros, precauciones que se debían tomar para su observación, condiciones meteorológicas… pero ¿nos prepararon realmente para lo que experimentamos después? ¿Hubo alguien que lo viviera por primera vez que supiera perfectamente, con esos datos, lo que estaba a punto de vivir, lo que iba a sentir cuando nuestra estrella desapareciera del cielo? Es posible que la gran mayoría supiéramos lo que iba a ocurrir, pero no qué nos iba a ocurrir mientras lo observábamos.
No se trata, ni mucho menos, de que haya que convertir un acontecimiento científico en sentimentalismo barato, sino de señalar que cómo experimentamos un fenómeno también forma parte de nuestra relación con dicho fenómeno. ¿Qué decía el eclipse de los kalgashianos? De sus miedos, su cultura, su sociedad… ¿Qué dijo de nosotros?

Los fenómenos poco habituales, como los eclipses totales, suponen una violación, si no de las leyes de la física, sí de las leyes de nuestra realidad cotidiana. El Sol sale al amanecer y se pone al atardecer. De día hay luz y de noche oscuridad. Pero en un eclipse total, de pronto, el mundo deja de parecerse al que conocemos. Y aún hay más: la ruptura de esa rutina trae otras revelaciones.
Los habitantes de Kalgash tienen una visión muy limitada del universo, invisible tras la luminosidad de sus seis soles y, de pronto, cuando llega la oscuridad, descubren un cielo rebosante de estrellas. Cambia la escala del mundo en el que viven —tal vez de una manera similar a como nos la cambió a nosotros el modelo heliocéntrico—, cambia su perspectiva de las cosas.
Nosotros también pudimos observar aspectos de la realidad que normalmente no están a nuestro alcance, por más que sepamos que existen: la corona solar; las perlas de Baily; la silueta de la luna nueva, que normalmente es invisible a nuestros ojos; astros nocturnos que aparecen cuando hacía unos minutos eran invisibles; un horizonte iluminado en medio de la oscuridad; un cambio insólito en la iluminación y los colores; proyecciones del Sol eclipsado en las sombras de las hojas de los árboles… De muchos de ellos ya se había dado información en los días previos, pero, aún así, muchos se vieron embargados por la emoción cuando los experimentaron en persona.
El día del eclipse asistimos a un fenómeno astronómico que, realmente, no nos enseñó nada que no supiéramos ya, no pasó nada que no esperáramos. Y, sin embargo, todo ese conocimiento científico no eliminó el asombro. De la misma manera que, en Kalgash —perdón por el spoiler—, todo ese conocimiento científico no evita el colapso de la civilización. Saber no basta cuando una experiencia tiene el potencial de eliminar cualquier marco de referencia conocido. Por eso es tan importante tener en cuenta el factor humano cuando hablamos de ciencia, porque un eclipse puede ser algo relativamente inofensivo, pero otros aspectos de la ciencia y la tecnología podrían no serlo.
La ciencia nos permite predecir hechos con excelente precisión, pero predecir las reacciones que estos pueden llegar a desencadenar es mucho más complicado. Especialmente cuando hablamos experiencias o fenómenos que hasta que se observan con los propios ojos permanecen fuera de nuestra esfera cotidiana. El 12 de agosto sabíamos, al segundo, cuándo iba a desaparecer el Sol… lo que la ciencia no pudo anticipar era cómo sería estar allí cuando lo hiciera.
Y aunque a los científicos tal vez no nos guste la idea, es posible que tengamos que asumir que explicar un fenómeno no equivale siempre a… entenderlo.

Bibliografía
Asimov, I. (1941). Nightfall. Astounding Science-Fiction, 28(1), 9–34.
Asimov, I. (1995). I, Asimov: A memoir. Bantam Books.
Asimov, I., y Silverberg, R. (2004 [1990]). Anochecer. Debolsillo.
Sobre la autora: Gisela Baños es divulgadora de ciencia, tecnología y ciencia ficción.
