El dilema de la pintora vegana (y 2)

En la anterior entrega dejábamos a una pintora vegana abrumada ante la cantidad de productos de origen animal que se pueden encontrar entre los pigmentos y soportes de un cuadro. Pero no acaba ahí la cosa y, como veremos a continuación, hay muchos otros componentes de una obra pictórica que no llevan el sello de certificación vegano.

Aglutinantes y disolventes

Ya dijimos que para crear una pintura los pigmentos han de mezclarse con un vehículo o medio. Este componente, más conocido como aglutinante, permite que las partículas de pigmento mantengan una cohesión y se adhieran al soporte o a otras capas para crear la obra artística. De la combinación de pigmento y aglutinante se obtiene habitualmente un fluido cuya viscosidad se puede controlar mediante la adición de un tercer componente: el disolvente. La mezcla obtenida se aplica sobre el soporte que una vez seca da lugar a las capas pictóricas. El aglutinante tiene que cumplir ciertas condiciones: no alterar el color de los pigmentos, no reaccionar con ellos y verse afectado lo menos posible por factores atmosféricos (humedad, contaminación, etc.). Si bien es cierto que los pigmentos son los encargados de proporcionar el color, los aglutinantes no son menos importantes ya que determinan la gran mayoría de las propiedades de la pintura (resistencia, transparencia, adherencia, etc.) hasta tal punto que son los que definen la técnica pictórica. Así, cuando se habla de pinturas al óleo, al temple, acrílicas u otras, lo que realmente estamos definiendo es la substancia que se emplea para aglutinar el pigmento.

Dejando a un lado la pintura al fresco, en la que los pigmentos pulverizados se mezclan con agua, una de las técnicas pictóricas más antiguas es el temple. Esta técnica se basa en el uso de emulsiones: mezclas de líquidos que en principio no son miscibles pero que, gracias a la formación de pequeñas gotitas, forman una mezcla de apariencia homogénea. Esta clase de mezclas abundan en el día a día, por ejemplo, la leche es una emulsión en la que hay gotas de grasa dispersas en un medio acuoso, lo que pasa es que son tan pequeñas que no las podemos apreciar. Bien sabemos que en condiciones normales las grasas y el agua no son miscibles, si no, tan solo tenéis que acercaros a la cocina y juntar agua con aceite. Entonces, ¿por qué la grasa y la parte acuosa de la leche no están separadas? La respuesta está en los emulsionantes, unas moléculas un tanto particulares que permiten mezclar substancias que se repelen. Sin movernos de la cocina encontramos un perfecto ejemplo de este tipo de mezclas: la mayonesa. Para realizar esta salsa se mezclan huevo, aceite y vinagre o limón, componentes que en teoría son inmiscibles. Pero sucede que la yema del huevo contiene emulsionantes, unas moléculas denominadas anfipáticas que tienen un extremo al que le atrae el agua (hidrófilo) y otro al que le atrae la grasa (lipófilo). Estos compuestos, principalmente algunas proteínas pero sobre todo unas grasas denominadas lecitinas, contactan con las moléculas de aceite gracias su parte lipófila mientras que el extremo hidrófilo está expuesto a la fase acuosa. Así se crean pequeñas gotas de grasa que se dispersan en el agua, como se podrá entender mucho mejor en la Imagen 1.

Imagen 1. Una molécula de la familia de las lecitinas (una fosfatidilcolina) y la representación gráfica de como envuelven una gota de grasa.

Imagen 1. Una molécula de la familia de las lecitinas (una fosfatidilcolina) y la representación gráfica de como envuelven una gota de grasa.

Pero no es este un blog de cocina, así que volvamos al tema que nos ocupa. Decíamos que la pintura al temple es una emulsión y, precisamente, la más empleada en la historia del arte se basa en el uso de la yema de huevo: el temple al huevo. El proceso para elaborar la pintura consiste en separar la yema de la clara y, tras pinchar la membrana, mezclar el líquido obtenido con agua hasta lograr la emulsión. Esta emulsión se mezcla con el pigmento y ya está lista para ser aplicada. Hay variaciones en las que también se añaden aceites, lo que se conoce como temple graso y que podéis observar en este excelente video (después de la explicación de la pintura mural). Pese a que el huevo, gracias a la lecitina, haya sido el emulsionante más empleado, no es la única alternativa. Mismamente, la leche que ya hemos mencionado es una fuente de emulsionantes natural. Este líquido, además de agua y grasa, contiene caseína, una proteína que se puede aislar añadiéndole a la leche limón o vinagre. El sólido resultante se puede mezclar con agua y pigmentos y usarse como pintura. Posiblemente la obra al temple más conocida sea El nacimiento de Venus de Sandro Boticelli (Imagen 2), maravillosa obra que se puede disfrutar en la galería de los Uffizi (Florencia).

Imagen 2. El nacimiento de Venus (172×279 cm) de Sandro Botticelli (ca. 1486) es un temple sobre lienzo. Fuente: Wikimedia Commons

Imagen 2. El nacimiento de Venus (172×279 cm) de Sandro Botticelli (ca. 1486) es un temple sobre lienzo. Fuente: Wikimedia Commons

¿Podría la protagonista de nuestro artículo emular al gran maestro florentino y emplear pintura al temple? Pues, teniendo en cuenta los componentes del temple al huevo o a la caseína, es obvio que no. Pero, actualmente, los temples sintéticos están a la orden del día o, si nos decantamos por algo más natural, hay proveedores que ofrecen alternativas 100% vegetales. Y es que no solo hay emulsionantes de origen animal, las gomas vegetales también pueden cumplir este rol. Éstas son polisacáridos (polímeros formados por varios azúcares) solubles en agua que se extraen de ciertas plantas. La goma más importante es, sin lugar a dudas, la goma arábiga.

La goma arábiga se obtiene de la secreción de acacias de diferentes familias y aunque su nombre se debe a que originariamente se obtenía en la península homónima hoy en día la gran mayoría se produce en Sudán y el cinturón del Sahel. Esta substancia se puede encontrar en multitud de productos que nos rodean: alimentos (E-414), cosméticos, fármacos, pegamentos y por supuesto en pinturas. Y es que la goma arábiga es la clave de otra técnica pictórica: la acuarela. Seguro que os acordáis de aquellos estuches de plástico con pequeñas cuencas circulares que contenían un colorido sólido. Pues bien, no eran otra cosa que pigmentos aglutinados con una disolución acuosa de goma arábiga. Si bien es cierto que muchos de nosotros lo único que podíamos lograr con ellas era una mezcla que acababa inevitablemente con un desagradable color marrón, hay acuarelas que son verdaderas obras de arte, como las del pintor inglés William Turner (Imagen 3). Otra técnica estrechamente ligada a la acuarela es el gouache (lo que en castellano se conoce como témpera) que se trata de una especie de acuarela con mayor cantidad de aglutinante y algún opacificante. Así, mientras la acuarela deja una mancha en el papel y destacan las transparencias el gouache forma una película opaca como podéis ver en la Imagen 3.

Venice: San Giorgio Maggiore - Early Morning 1819 Joseph Mallord William Imagen 3. A la izquierda San Giorgio Maggiore a la madrugada (22x29cm), acuarela de William Turner (1819). A la derecha Jane Avril bailando (99x71cm), gouache de Toulouse-Lautrec (1893).

Imagen 3. A la izquierda San Giorgio Maggiore a la madrugada (22x29cm), acuarela de William Turner (1819). A la derecha Jane Avril bailando (99x71cm), gouache de Toulouse-Lautrec (1893). Fuentes: Tate.org / Wikimedia Commons

Vale, unas obras muy bonitas, pero, ¿qué pasa con nuestra pintora? Todos estos productos derivan de plantas, así que no debería tener ningún problema ético, ¿no? Pues no es tan sencillo ya que, en ocasiones, se añaden otros medios para modificar las propiedades de la pintura. Por ejemplo, si queremos hacer que una acuarela sea más fluida hay que emplear un agente humectante o tensoactivo para reducir la tensión superficial del agua. Resulta que entre ellos se encuentra… ¡la hiel de buey! Esta substancia es rica en ácidos biliares que en los mamíferos hacen de emulsionantes naturales para la digestión de grasas. Para que os hagáis una idea, trabajarían como un jabón que captura gotitas de grasa permitiendo que éstas se puedan eliminar (algo parecido a lo que hemos visto con la mayonesa). Gracias a su particular estructura química también hacen que el agua “moje más” y de ahí que se empleen en acuarelas. Por supuesto que existen alternativas sintéticas, pero, si no se quiere hacer uso de productos derivados de animales, hay que mirar bien los ingredientes antes de comprar acuarelas que contengan hiel de buey (que en realidad se obtiene de vacas).

Si antes hablábamos de la técnica del temple ahora nos toca hacerlo de la técnica que la fue desplazando poco a poco desde que apareciese allá por el XV. Me refiero a la técnica pictórica más universalmente conocida: el óleo. Como habréis podido intuir, ya que se trata de una palabra completamente integrada en nuestro léxico habitual, aquí el protagonista no es de origen animal sino vegetal: el aceite. El óleo, del latín oleum, que a su vez proviene del griego élaion (elaia significa oliva), es efectivamente, una técnica en la que se emplean aceites como aglutinantes. Pero, no os preocupéis, el oro líquido se reserva para la gastronomía ya que este tipo de técnica pictórica requiere de unos aceites especiales: los aceites secantes. Estos aceites tienen un complejo proceso de secado en el que se oxidan y polimerizan dando lugar a sólidos que permiten crear las capas de pintura. Entre todos los aceites secantes el más empleado es el de linaza aunque, en ocasiones, también se emplea el aceite de nueces o de semilla de amapola. Además del pigmento molido y el aceite, la pintura al óleo lleva un disolvente que se añade en mayor o menor media en función de la fluidez que se desee. El más tradicional es la trementina, que se obtiene de la destilación de la resina de ciertos árboles. La invención del óleo se suele atribuir a Jan van Eyck (al que quizá recordéis por su obra el Matrimonio Arnolfini) aunque esto no es en absoluto correcto. Los pigmentos ya se mezclaban con aceites siglos antes de que él naciese. Eso sí, hay que otorgarle el mérito de popularizar su uso y darle la dimensión de técnica pictórica independiente. Como pequeño homenaje a tan importante hecho os muestro una de sus obras más emblemáticas en la Imagen 4.

Imagen 4. El Retrato de un hombre (26×19 cm) de Jan van Eyck (ca. 1433) es un óleo sobre tabla que podría ser un autorretrato del pintor. Fuente: Wikimedia Commons

Imagen 4. El Retrato de un hombre (26×19 cm) de Jan van Eyck (ca. 1433) es un óleo sobre tabla que podría ser un autorretrato del pintor. Fuente: Wikimedia Commons

Nuestra artista vegana respirará tranquila al saber que la técnica pictórica más popular no tiene ningún compuesto de origen animal, pero seguro que no es tan partidaria de emplear la siguiente técnica que os voy a presentar: la encáustica. Esta palabra, que proviene del griego, tiene como raíz la voz quemar (kaíō). Pese a su nombre no se trata de usar antorchas, mecheros ni algo similar para pintar. Se llama así por el hecho de que en esta técnica el aglutinante es la cera y para trabajar con ella hay que calentarla hasta que adquiera la fluidez necesaria. Esta técnica fue muy empleada en la antigüedad y, pese a que pueda parecer un medio relativamente poco duradero, lo cierto es que obras con siglos de vida han llegado hasta nuestros días, siendo las más representativas las máscaras mortuorias de El Fayum (Imagen 5). Pintadas en el Egipto grecorromano se empleaban para realizar retratos del difunto, una tradición que bebe directamente de los rituales de momificación de época.

Imagen 5. Retrato de un joven realizado en encáustica (38x22cm) del siglo II d.C. Fuente: The Met Museum

Imagen 5. Retrato de un joven realizado en encáustica (38x22cm) del siglo II d.C. Fuente: The Met Museum

Durante la Edad Media el uso de la cera como aglutinante fue muy minoritario e incluso en el Renacimiento, pese a ser empleada por algunos artistas (el mismo Leonardo intentó usarla aparentemente sin éxito en la batalla de Angheri como algún lector recordará), nunca llegó a popularizarse. De hecho, no fue hasta el siglo XX, con la llegada de las nuevas vanguardias, que ciertos artistas hicieron uso de la encáustica.

Decía antes que la artista vegana no será partidaria de emplear esta técnica porque, como el lector ya habrá adivinado, la cera más empleada en esta técnica es la de la abeja. Este material, que tod@s conocemos por las velas tradicionales, tiene una compleja composición química que consiste en compuestos orgánicos saturados de alto peso molecular (ésteres, alcoholes y ácidos principalmente) que le dan a la cera su particular textura. Estos compuestos son blanquecinos y es la presencia de polen y propóleo lo que otorga a la cera natural el color amarillento al que la asociamos. El proceso de elaboración de la encáustica incluye quitar estas “contaminaciones” para luego añadir los pigmentos deseados y en muchas ocasiones resinas, aceites o disolventes. Obviamente la cera no se puede aplicar a temperatura ambiente (funde a unos 65 ºC) por lo que hay que calentarla y emplear instrumentos especiales, lo que complica su empleo. También hay un modo de trabajar con cera en frío mezclándola con agua y usando jabón como emulsionante (ya veis que estos compuestos aparecen una y otra vez). De hecho, esta podría ser la técnica empleada en la antigüedad por los romanos y cuyo redescubrimiento se lo debemos al pintor José Cuní. Espero poder centrarme en esta fascinante historia en otro momento pero como aperitivo os dejo un pequeño video que he encontrado en la página web de la empresa creado por los hijos del pintor.

La tradicional cera de abeja es todavía la más usada en el mundo artístico, pero también hay alternativas naturales vegetales como la cera de carnauba que se obtiene de una palmera sudamericana o sintéticas como la parafina o la cera microcristalina obtenidas del petróleo.

Hablando de materiales sintéticos, nos queda mencionar un último tipo de pinturas que, pese a no tener tradición histórica (se inventaron en el siglo XX), son muy empleadas en la actualidad: las pinturas acrílicas. En este caso el aglutinante es una emulsión en agua (de nuevo aparecen las emulsiones) de un polímero acrílico que tras un rápido secado se vuelve insoluble en agua. La historia de este material se remonta a principios del siglo pasado cuando los alemanes Rohm y Hass fundaron su propia compañía. Rohm había investigado sobre la polimerización de ácidos acrílicos durante su tesis doctoral y, convencido de su aplicación comercial, logró crear y patentar poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial un vidrio sintético a base de acrílicos: el plexiglas. El momento no pudo ser más oportuno ya que su material demostró ser ideal para emplear en aviones y otra maquinaria militar, lo que les reportó un tremendo éxito económico. Hay que tener en cuenta que, incluso en los momentos más ignominiosos de la humanidad, hay industrias que logran un gran rédito y, de hecho, muchas grandes compañías florecieron durante esos años. Pero una vez acabada la Gran Guerra había que adaptarse a la nueva situación y no cabe duda que en Rohm and Haas lo consiguieron. Tan seguros estaban de que los polímeros acrílicos podrían tener más aplicaciones que se empeñaros en sintetizar pinturas acrílicas que cubriesen la ingente demanda debida al boom inmobiliario e industrial de la post-guerra. Así, en los años 50 lanzaron las pinturas acrílicas solubles en agua que, pese a una débil irrupción, antes de los años 80 habían copado el mercado estadounidense. Y esa es la historia de cómo las pinturas acrílicas aparecieron y fueron integrándose en el mundo del arte.

Imagen 6. Anuncio de post-guerra de las primeras pinturas acrílicas Rhoplex AC-33 para interiores de Rohm and Haas.

Imagen 6. Anuncio de post-guerra de las primeras pinturas acrílicas Rhoplex AC-33 para interiores de Rohm and Haas. Fuente: ACS – Chemical Landmarks

Los barnices

Hasta ahora hemos visto los componentes de la pintura (pigmentos, aglutinantes y disolventes) y los soportes sobre los que se deposita, pero, en muchísimas ocasiones, que no todas, se emplea un componente más: el barniz. El barniz es una película que se le añade a una obra no solo para protegerla de los factores exteriores sino para darle un acabado que realce los colores y homogenice su brillo. Suelen consistir en una mezcla de un disolvente orgánico, un aceite y una resina que se deposita sobre el cuadro (o sobre un objeto de madera) y que tras la evaporación del disolvente y el secado del barniz crea una película protectora. Las resinas son complejas mezclas de compuestos orgánicos que tradicionalmente se han obtenido de las secreciones de ciertos árboles (aunque por supuesto hoy también hay resinas sintéticas). Por lo tanto, tienen un origen similar al de las gomas que veíamos antes, con la diferencia de que éstas son ricas en azúcares y solubles en agua y las resinas son ricas en compuestos orgánicos terpénicos y solubles en disolventes orgánicos. Hay resinas con diferente viscosidad, composición y propiedades siendo las más empleadas históricamente para barnices la almáciga, la sandáraca o la damar. De la parte más volátil de las resinas también se pueden extraer mediante destilación disolventes como la trementina que, como ya hemos dicho, se emplea en la pintura al óleo.

Imagen 7. A la izquierda un árbol de Pistacia lentiscus produciendo la resina conocida como lágrimas de Quios, isla griega donde abunda este árbol. A la derecha un trozo de ámbar que no es otra cosa que resina fosilizada. Fuente: Wikimedia Commons

Imagen 7. A la izquierda un árbol de Pistacia lentiscus produciendo la resina conocida como lágrimas de Quios, isla griega donde abunda este árbol. A la derecha un trozo de ámbar que no es otra cosa que resina fosilizada. Fuente: Wikimedia Commons

¿Y por qué razón habría de preocuparse la pintora vegana por el barniz si las resinas se obtienen de plantas o son sintéticas? Pues porque la goma laca, una de las resinas de mayor relevancia, es un tanto especial y es producida por insectos. Los insectos de la laca, entre los cuales la especie más importante es la kerria lacca, parasitan cierto tipo de árboles alimentándose de su savia y convirtiéndola en una resina que les acaba atrapando (Imagen 8). Es tan grande el número de insectos en cada árbol, que su nombre deriva del número cien mil en sánscrito (lākā). Como curiosidad diré que el término lakh se sigue usando en la numeración india. Estos insectos se “crían” (principalmente en India) y cuando han segregado la cantidad de resina deseada se recolectan para extraer la substancia exudada. De ésta se puede obtener tanto un colorante anaranjado como una resina para barnices, que se emplea especialmente para piezas de madera como instrumentos musicales.

Imagen 8. A la izquierda rama infestada con insectos de la laca; a la derecha una de las formas procesadas de la resina.

Imagen 8. A la izquierda rama infestada con insectos de la laca; a la derecha varias de las formas procesadas de la resina.

Antes de acabar me gustaría mencionar un último material que, pese a no formar parte de un cuadro, es primordial para su composición y todo un símbolo de pintor: el pincel. Como ya sabéis, consiste en un mango al que se une un haz de pelo mediante una virola. Tradicionalmente el pelo ha sido de origen animal y, dependiendo la técnica pictórica, hay un tipo de pelo más o menos adecuado. El pincel más apreciado es el elaborado con pelo de comadreja siberiana (impropiamente llamado pincel de Marta), animal que vive mayoritariamente en Rusia y China y tiene un pelo rojizo especialmente adecuado para pintar acuarelas. Pese a no ser un animal en peligro de extinción en Estados Unidos el comercio de este tipo de pinceles fue prohibido recientemente. Debido al alto precio de estos pinceles se han usado también pelos de otros animales como ardillas o mangostas. Otros mamíferos de mayor tamaño entre los que se incluyen el buey y, como no, el cerdo son también empleados para la elaboración de pinceles. Afortunadamente, si no se desea emplear pelo animal hoy en día se pueden encontrar sustitutos sintéticos a base de nylon o poliéster con los que realizar cualquier tipo de cuadro.

Con esto acabo este recorrido por los diferentes materiales que componen un cuadro. Aunque a lo largo de estas dos entregas he intentado hacer una recopilación lo más amplia posible seguro que me dejo algunos productos en el tintero (por cierto, la tinta china suele contener goma laca). Espero que hayáis podido ver que la artista vegana no lo tiene fácil para realizar su obra sin usar ningún producto de origen animal. Hoy en día, con la enorme oferta de productos en el mundo del arte, siempre podrá encontrar un sustituto vegetal o sintético a los medios tradicionales aunque en algunos casos los resultados obtenidos no sean idénticos. Seguro además que esta adquisición de productos tan específicos tendrá repercusión en su bolsillo. En cualquier caso, y acabando del mismo modo que empezaba la anterior entrega, queda claro que puede que Leonardo da Vinci fuese un amante de los animales pero en ningún caso pudo ser vegano (ni él ni ninguno de sus coetáneos), ya que el uso de productos como la cola de conejo, los pinceles de pelo animal o el huevo y la leche eran parte del día a día de un pintor.

Para saber más:

Mauro Matteini y Arcangelo Moles (2004) La química de la restauración. Editorial Nerea.

Maria Luisa Gómez (2005) La restauración: examen científico aplicado a la conservación de obras de arte. Editorial Cátedra.

Sobre el autor: Oskar González es profesor en la facultad de Ciencia y Tecnología y en la facultad de Bellas Artes de la UPV/EHU.

Esta anotación participa en el LVI Carnaval de Química alojado en el blog Ese punto azul pálido de @DaniEPAP

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