Matemáticas en la pared

Matemoción

Muchas personas que no han estudiado matemáticas las confunden con la aritmética y las consideran una ciencia seca y árida. Lo cierto es que esta ciencia requiere mucha imaginación.

Sofia Kovalevski

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Con esta cita comienza el último cuento de Demasiada felicidad (2009) de la Premio Nobel de Literatura 2013, Alice Munro. La personalidad de Sofía Kovalevski* enamoró a Alice Munro, que le dedicó un precioso relato en su libro.

También sedujo a la matemática Michèle Audin, que en Souvenirs sur Sofia Kovalevskaya (Calvage et Mounet, 2008) –traducida al inglés en Remembering Sofya Kovalevskaya, Springer, 2011– traza con detalle su trabajo, sus escritos y su vida.

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Sofía Kovalevski (1850-1891) fue una matemática extraordinaria, de naturaleza vagabunda –como ella misma se describía, novelista, nihilista y gran luchadora. En su libro Souvenirs d’enfance (Hachette, 1895), comenta como fueron sus primeras ‘emociones matemáticas’ (ver [1]):

“Aunque mi tío nunca estudió matemáticas, esta ciencia le inspiraba un profundo respeto. Había obtenido ciertas nociones en algunos libros, y le gustaba hacer reflexiones en voz alta sobre ellas en mi presencia. Fue él, por ejemplo, la primera persona que me habló de la cuadratura del círculo, de las asíntotas, y, aunque el sentido de las palabras me resultaba incomprensible, golpeaban mi imaginación, y me inspiraban hacia las matemáticas una especie de veneración, como hacia una ciencia superior, misteriosa, abriendo a sus iniciados un mundo nuevo y maravilloso, inaccesible al más común de los mortales. Con respecto a estas primeras nociones sobre las matemáticas, debo relatar un detalle curioso, y que ha contribuido a desarrollar en mí un gran interés por esta ciencia.

Cuando nos instalamos por primera vez en el campo, hubo que arreglar toda la casa, y tapizar todas las habitaciones, pero eran tan numerosas, que faltó el papel para una de ellas destinada a los niños. Había que traerlo de Petersburgo: estaba lejos y no valía la pena hacerlo para una única habitación; se decidió esperar a una ocasión especial y, durante bastantes años, la habitación permaneció inacabada, la pared simplemente cubierta por un papel. Por una feliz casualidad, este papel consistía en hojas litografiadas de los cursos de Ostrogradski sobre el cálculo integral y diferencial, comprados antaño por mi padre, en su juventud. Estas páginas, abigarradas con antiguas e incomprensibles fórmulas, llamaron muy pronto mi atención. Recuerdo haber pasado horas enteras de mi infancia, ante esta misteriosa pared, intentando descifrar algunas frases aisladas e intentando encontrar el orden en el que seguían las páginas. Esta contemplación prolongada y cotidiana consiguió grabar en mi memoria el aspecto material de muchas de esas fórmulas, y el texto, aunque incomprensible en ese momento, dejó una profunda traza en mi cerebro.

Varios años más tarde, cuando recibí mi primera lección de cálculo diferencial, con un célebre profesor de matemáticas de Petersburgo, Alexandre Nicolaévitch Strannolioubsky, se extrañó de la rapidez con la que comprendía todas sus explicaciones, “como si las conociera con antelación”, fue la expresión de la que se sirvió. En efecto, en el momento en el que me daba estas primeras nociones, me acordaba de repente de haber visto todo esto en la pared de mi habitación de niña; y me parecía que el sentido de los términos de los que se servía el profesor me era familiar desde hacía tiempo.”

Referencias:

[1] Extraído de Jacqueline Détraz, Kovalevskaïa. L’aventure d’une mathématicienne, Ed. Bélin, 1993. Este libro contiene íntegramente Souvenirs d’enfance de Sofía Kovalevski. El extracto –traducido por mí misma–corresponde al capítulo V: Mon oncle Pierre Vassiliévitch.

[2]Yasmina Liassine, Le goût des mathématiques, Mercure de France, 2013.

Sobre la autora: Marta Macho Stadler es profesora de Topología en el Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU, y colaboradora asidua en ZTFNews, el blog de la Facultad de Ciencia y Tecnología de esta universidad.

* Nota del editor: Sofia Vasílievna Korvin-Krukovskaya, pasó a ser oficialmente Sofia Vasílievna Kovalévskaya (en ruso: Софья Васильевна Ковалевская) tras su matrimonio. Profesionalmente ella optó por usar Sophie Kowalevski y, tras asentarse en Suecia, Sonya Kowalevski.

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