La tabla periódica en el arte: Plomo

kimikArte La tabla periódica en el arte Artículo 3 de 9

Una noche como otra cualquiera William Watts se agarró tal borrachera que se quedó dormido junto a la iglesia de Santa María de Redcliffe. Soñó que desde el campanario caía una lluvia de gotas esféricas de plomo, lo que le llevó a patentar un nuevo método para la elaboración de perdigones. Esa es por lo menos la leyenda urbana que circula por las calles de Bristol. El procedimiento consistía en pasar plomo fundido por una bandeja de zinc agujereada que se colocaba a varios metros del suelo. Fruto de la caída libre se iban formando bolas esféricas que poco a poco se enfriaban y se terminaban por solidificar al caer en un balde de agua. Para lograr esta gran elevación Watts empleó unas torres que hoy en día llevan su apellido (Imagen 1). Poco tiene que ver esta historia con el mundo del arte, pero nos sirve para conocer algunas de las propiedades más interesantes de este metal tan peculiar: se funde a una temperatura relativamente baja (a 327 °C) y se moldea con facilidad. Además, es bastante estable, abundante y barato, por lo que el ser humano le ha dado múltiples usos, entre ellos muchos relacionados con el arte

Imagen 1. Vestigio de una torre de Watts en Bristol con la iglesia de Santa María de Redcliffe al fondo. Fuente: Martin Tester

Escultura a base de plomo

La facilidad con la que se funde el plomo ha permitido que se emplee para crear objetos metálicos mediante moldes, tal y como sucede con los clásicos soldaditos de plomo. Más allá de las técnicas en las que el plomo es fundido, la maleabilidad de este material facilita su uso escultórico mediante repujado, es decir, trabajando directamente sobre planchas del metal. Plinio ya contaba que este modo de trabajar el plomo era bien conocido en el Imperio Romano y así lo confirman los relieves que se han conservado. Mucho más reciente es el uso del denso metal por parte del aragonés Pablo Gargallo del que se conservan esculturas en el Museo de Arte Nacional de Catalunya y en el Reina Sofía (Imagen 2). Como sucede con las obras de Gargallo, las esculturas en plomo rara vez son de gran tamaño, puesto que su elevada densidad (11 kg/L) y maleabilidad pueden causar que se doblen por su propio peso. De hecho, la maleabilidad, que hemos citado como gran ventaja, puede jugar en contra de la conservación de las esculturas, ya que presentan poca resistencia a los golpes.

Imagen 2. Mano con Pipa (25 x 16 x 14 cm) de Pablo Gargallo (1920). Fuente: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

El plomo: esqueleto de las vidrieras

Las bondades del plomo han llevado a que se le de usos tan dispares como la fabricación de cañerías o la elaboración de tipos móviles en las imprentas. En el mundo del arte, además de en escultura, se ha empleado en arquitectura. Quizás el ejemplo más espectacular era la aguja de Notre Dame que hasta hace poco arañaba el cielo parisino a más de 90 metros*. A pesar de la ligereza que transmitía su forma alargada, para su elaboración se emplearon 250 toneladas de denso plomo. Cabe destacar que, aunque esta catedral sea el paradigma del gótico, la aguja desaparecida era del s. XIX, ya que se había levantado durante la restauración de Eugène Viollet-le-Duc. En cualquier caso, si hay algo para lo que el plomo fue fundamental durante el gótico (el de verdad) es el arte de las vidrieras.

Imagen 3. Notre-Dame de Paris. Fuente: Wikimedia Commons.

Las vidrieras son conjuntos de piezas de vidrio coloreado que cubren ventanales y que normalmente asociamos a edificios religiosos. Su uso está documentado desde inicios de la Edad Media, pero fue durante el s. XIII cuando alcanzaron su máximo esplendor, especialmente en el periodo conocido como gótico radiante, en el que las iglesias se convirtieron en jaulas de cristal, siendo el mejor exponente otro edificio parisino: la Sainte Chapelle. Cuando pensamos en vidrieras, el protagonismo se lo concedemos al vidrio de colores, pero el plomo también es un componente indispensable. En varillas elaboradas con este metal se insertaban los vidrios siguiendo un patrón previamente establecido (como si de un puzle se tratase). Luego ambos se unían mediante una soldadura de estaño y así se lograba un efecto maravilloso que tiene uno de sus máximos exponentes en la catedral de León.

Imagen 4. Vidrieras de la catedral de León. Fuente: Wikimedia Commons.

Los pigmentos del plomo

Además de uso como metal, el plomo nos regala una gran variedad de compuestos químicos que pueden ser empleados como pigmentos en el arte de la pintura. Nos quedaremos con tres y reservaremos el resto para el momento en el que en esta sección nos ocupemos de los otros elementos químicos con los que se combina. Comenzaremos por el minio (Pb3O4), conocido para muchos de quienes leen estas líneas, ya que hasta hace unos años era muy habitual usarlo por sus propiedades antioxidantes. Así, los objetos metálicos que se hallaban a cielo abierto se recubrían con una capa de este compuesto antes de darles la capa definitiva de pintura. Este pigmento rojizo, al igual que el bermellón, se empleaba para decorar profusamente las letras iniciales de los manuscritos medievales. De ahí que este proceso de ilustración se denominase miniare, de donde pronto surgió miniatura, palabra que el léxico castellano tomó del italiano.

Imagen 5. Códice miniado del s. XV. Fuente: Biblioteca Universidad de Sevilla

Este pigmento se conocía en la Antigüedad Clásica y tal como explica Vitrubio se lograba calcinando otros compuestos con plomo. Sin embargo, hay que remontarse a la China de principios del s. V a.e.c. para encontrar el primer uso como material artístico. En ese mismo territorio el alquimista Ko Hung dejó un divertido testimonio: “El ignorante no cree que el minio y el blanco de plomo sean productos de transformación del plomo, al igual que puede no saber que el mulo es vástago de una yegua y un burro… Hay cosas que están tan claras como el cielo y aun así los hombres prefieren sentarse bajo un tonel volcado.” Esta cita es del s. IV, pero bien podría extrapolarse a nuestra época (y no precisamente aplicándose a conocimientos pictóricos).

Del rojo pasamos al blanco para hablar del pigmento con plomo más importante de la historia: el albayalde. Palabra eufónica donde las haya y que en árabe hispánico (Albayád) significaba blancura. Blanco es, en efecto, el color del carbonato básico de plomo que denominamos con tal nombre (2PbCO3·Pb(OH)2). Tampoco sería ninguna locura decir que se trata del pigmento más importante que ha existido, ya que no hay pintor que no tenga el blanco en la paleta para controlar la tonalidad del resto de colores. Como sucedía con el minio, el albayalde es un pigmento que se logra sintéticamente, aunque mediante un proceso ligeramente más desagradable, por lo menos según el método holandés. En este procedimiento se empleaban vasijas de barro especiales que disponían de dos compartimentos conectados. En el compartimento inferior se ponía vinagre y en el superior placas de plomo. Así el vapor de ácido acético entraba en contacto con el metal. Para que la reacción química tuviese lugar, las vasijas se cubrían con una fuente de calor y de dióxido de carbono (CO2): estiércol. Pasados unos meses, surgía una costra blanca sobre el plomo, que se retiraba, se limpiaba, se secaba y se molía. Las placas metálicas se volvían a meter en la vasija y se repetía el proceso hasta que se agotase el metal.

Imagen 6. Placa de plomo antes y después del proceso holandés. Fuente: Imagen cedida por el Mauritshuis.

Teniendo en cuenta la importancia del albayalde, lo podemos encontrar en un sinfín de obras elaboradas con diferentes técnicas, desde los temples al huevo de Botticelli a los retratos de El Fayum pintados con cera de abeja. Ahora bien, si en una técnica ha tenido especial relevancia, esa es la pintura al óleo en la que, como otros pigmentos con plomo, acelera el proceso de secado. Para muestra los cuasi escultóricos impastos de Rembrandt. Pero no todo es tan bonito. La toxicidad de este metal pesado puede causar una gran variedad de síntomas que incluyen enfermedades óseas o fallos en el sistema nervioso. La intoxicación por plomo también se conoce como saturnismo, ya que Saturno era el planeta con el que los alquimistas asociaron este elemento químico. Esta elección no es arbitraria y se debe a que era el planeta conocido con una órbita más lenta, algo que se podía vincular con la gran densidad del plomo. Resulta paradójico que en la mitología romana Saturno portase una guadaña, como advirtiendo del poder asesino del elemento que la divinidad representa. Pero más paradójico resulta todavía que los dos cuadros más célebres que tienen a este dios como protagonista fuesen realizados por Rubens y Goya, quienes pudieron sufrir intoxicación por plomo, especialmente el segundo, cuya sordera se considera una evidencia de saturnismo. Más allá de estos dos pintores, a muchos otros artistas se les ha considerado víctimas del plomo: Miguel Ángel, Caravaggio, van Gogh, Fortuny, Frida Kahlo… Eso sí, hacer un diagnóstico tantos años después no es sencillo y no siempre se cuenta con evidencias sólidas para hacer tales afirmaciones.

Imagen 7. Saturno devorando a su hijo. A la izquierda la versión de Goya (ca. 1820), a la derecha la de Rubens (1636). Fuente: Wikimedia Commons.

Acabamos este recorrido por los pigmentos del plomo con uno que además contiene antimonio: el amarillo de Nápoles. En honor a la verdad, diremos que hoy en día no se comercializa por la toxicidad de estos elementos, pero el nombre ha sobrevivido para denominar a los sucedáneos que han ido apareciendo. También hemos de decir que el gentilicio de este amarillo es poco adecuado, ya que ni mucho menos es originario de la ciudad italiana, por lo que es más acertado el nombre de amarillo de antimonio o antimoniato de plomo (Pb2Sb2O7). Al parecer, dicha confusión se extendió entre los siglos XVIII y XIX porque pensaban que se extraía de minerales que abundaban en las faldas del Vesubio. Lo cierto es que el pigmento es muchísimo más antiguo, por lo menos 30 siglos más, y tiene el honor de ser el primer amarillo sintético de la historia. El mérito, como muchas otras veces, corresponde a los egipcios que ya lo sintetizaban durante la XVIII dinastía (hacia el s. XV a.e.c). En el país del Nilo empleaban este compuesto para colorear el vidrio al igual que lo hicieron en Mesopotamia unos siglos después. Las diferentes culturas que habitaron esa región lo utilizaron en procesos de esmaltado, como en el caso de la vía procesional de Babilonia. Un uso similar se le dio en Europa muchos siglos después donde se empleó para colorear la mayólica. Las primeras evidencias de su uso en pintura son muy posteriores, concretamente del primer tercio del s. XVII (Imagen 8), aunque vivió su máximo auge a lo largo de los dos siglos siguientes.

Imagen 8. El primer uso del amarillo de Nápoles en Occidente se detectó en el Arresto de Cristo (151×205 cm) de Matthias Stom (ca. 1630). Fuente: Wikimedia Commons

Para saber más:

Julio Montes-Santiago “The lead-poisoned genius: Saturnism in famous artists across five centuries” Progress in Brain Research 203 (2013) 223-240.

Fernando Cortés Pizano “Estudio del plomo medieval en las vidrieras del monasterio de Pedralbes (Barcelona)” Materiales de construcción 259 (2000) 85-96.

Max Doerner “Los materiales de pintura y su empleo en el arte” Editorial Reverté, Barcelona (2005).

* Nota del autor: A la hora de redactar este texto el fuego no se había cebado con la catedral de Notre Dame. Todavía me resulta inconcebible que dos semanas después de escribir las líneas originales «La fléche» se derrumbase arrastrando con ella un pedacito de nuestra Historia. Sucesos como este nos deberían enseñar a valorar más nuestro Patrimonio y a cuidar de él si queremos que perdure.

Sobre el autor: Oskar González es profesor en la facultad de Ciencia y Tecnología y en la facultad de Bellas Artes de la UPV/EHU.

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