Genes y gentes: por qué la genética no avala el concepto de razas en nuestra especie

Hacia 1971, en un rincón perdido del norte de Botsuana, una mujer de unos cincuenta años le contó su vida a la antropóloga estadounidense Marjorie Shostak. Se llamaba Nisa. Había nacido en el desierto del Kalahari, en un pueblo de cazadores y recolectores que vivía como sus antepasados desde hacía miles de años. Hablaba una lengua llena de chasquidos que casi nadie fuera de allí entendía. No sabía leer, no había visto una ciudad. Difícil imaginar a alguien más lejano de un lector de España.
Shostak grabó durante meses esas confidencias y las reunió en Nisa (1981), un clásico de la etnografía que dio voz directa a la entrevistada. Y, sin embargo, lo que ahí cuenta nos toca de cerca: recuerda su primer parto, sola en el monte, tumbada en una choza, esperando con miedo a que le subiera la leche mientras la bebé lloraba de hambre. Recuerda que la casaron siendo casi una niña, y cómo se rebelaba y huía de un marido que aún le parecía un extraño. Habla del deseo, de los amantes que tuvo a escondidas, de los celos entre esposas. Habla de los hijos que enterró, uno tras otro, y del agujero que dejaron. Habla del cuerpo que envejece y de la rabia de verlo fallar. No hay una sola de esas escenas que no reconozcamos. Son las de cualquiera: nuestra madre, nuestra abuela, nosotros mismos.
Ahora el dato, que quizá nos sorprenda. Esa mujer cuya vida conmueve pertenece a uno de los linajes humanos que primero se separaron del tronco común: los pueblos khoisan del sur de África. Figuran entre las poblaciones humanas con mayor diversidad genética del planeta, y la distancia que separa su genoma del de un europeo está entre las más grandes que existen dentro de nuestra especie. Entre Nisa y nosotros media, en términos genéticos, casi todo el ancho del árbol humano. Y, aun así, nada de lo suyo nos resulta ajeno.
La paradoja tiene explicación, somos una especie joven y homogénea. Todos descendemos de una misma antecesora africana de hace cien o doscientos mil años, la llamada “Eva mitocondrial”, y hace unos cincuenta o setenta mil años un grupo reducido salió de África y pobló el resto del mundo, con apenas una pizca de la variabilidad total. En ese breve lapso, hablando en términos evolutivos, no ha dado tiempo a cambiar gran cosa.
Para hacernos una idea: una sola comunidad de chimpancés guarda en su ADN mitocondrial más variación que toda la especie humana junta. Esa “máxima” distancia humana que separa a Nisa de un madrileño es, vista de lejos, minúscula.
Casi toda la diferencia se encuentra dentro del grupo
La mayor parte de la variación genética humana está dentro de cada grupo, no entre los conjuntos que, por error, llamamos razas. Dos vecinos de un mismo pueblo africano pueden diferir más entre sí, en un gen cualquiera tomado al azar, que uno de ellos y un japonés. Y no es una impresión: un estudio con 377 marcadores en más de mil personas de 52 poblaciones halló que entre el 93 y el 95 % de la variación está dentro de las poblaciones, y solo del 3 al 5 % entre los grandes grupos continentales. De hecho, las poblaciones africanas guardan más diversidad que todo el resto del mundo junto.
¿Por qué caemos entonces en la trampa de la diferencia con tanta facilidad? Porque la mayor parte de la variabilidad genética está oculta. El color de la piel y del pelo depende de un puñado de genes y responde rápido al sol y a la latitud: bastan unos cientos de generaciones para cambiarlo. Es muy llamativo y pesa poquísimo. Dividir a los humanos en razas equivale a ordenar una biblioteca por el color de las tapas de los libros: cómodo pero burdo. Confundimos una capa de pintura con una diferencia de fondo.
Lo que nos revelan las genealogías
Conviene una matización para no pasarse de frenada. Que no haya razas no quiere decir que no existan genealogías. Cada persona arrastra una historia real y rastreable: de dónde venían sus antepasados, qué caminos los trajeron hasta aquí. Esa información la genética sí sabe leerla. Pero una genealogía dice de dónde venimos, mientras que una raza pretende decir qué somos. La primera es un hecho; la segunda, una casilla inventada.
Y una última advertencia. Que la raza no exista en la biología no convierte el racismo en un fantasma. No tiene base genética, pero sí una realidad social enorme: ordena vidas, salud y oportunidades. El error no está en ver sus efectos, sino en buscar su causa en los genes. En 2018 y 2019, las grandes sociedades de antropología y de genética humana –la Asociación Americana de Antropólogos Biológicos y la Sociedad Americana de Genética Humana– lo dejaron por escrito: los humanos no se dividen en grupos genéticos raciales, y no hay base biológica para tal cosa.
Lo evidencia el testimonio de Nisa, que enterró a sus hijos y temió a la vejez igual que nosotros. Lo que compartimos –el miedo, el deseo, el duelo, las ganas de seguir viva– pesa muchísimo más que lo poco que nos separa. La raza como término, al final, dice muy poco de nuestra biología y demasiado de nuestra mirada.![]()
Sobre el autor: Pablo Rodríguez Palenzuela, Catedrático de Bioquímica, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Artículo original.

Brian
A fascinating article!
orlandogarciap17@gmail.com
Excelente….
Reflector Chile
James Watson, Premio Nobel de Medicina y descubridor del ADN, opina absolutamente lo contrario
César Tomé
Primero, James Watson no fue el descubridor del ADN. El descubridor del ADN fue Friedrich Miescher en 1869. Los descubridores de la función del ADN fueron, por una parte, Oswald Avery, Colin MacLeod, y Maclyn McCarty (1944) y Alfred Hershey y Martha Chase (1952) por otro. Los descubridores de la estructura del ADN fueron James Watson y Francis Crick, pero el hallazgo dependió de datos cruciales obtenidos por Rosalind Franklin, Raymond Gosling y Maurice Wilkins (el detalle puede leerse aquí https://culturacientifica.com/2014/01/21/de-la-doble-helice/).
Segundo, el premio Nobel se obtiene por contribuir a un descubrimiento excepcional. Pero solo significa eso. No implica de ninguna manera que la persona que lo reciba no sea, por lo demás, un ser humano racista, eugenista, machista y psudocientífico. El caso de Watson se une a otros recpetores del premio Nobel que destacaron por sostener ideas sin ningún tipo de base científica como Pauling y la vitamina C, Montaigner y la memoria del agua, o Mullis y la inexistencia del virus del SIDA, por poner solo unos ejemplos.
Finalmente, la falacia de apelación a la autoridad (o ad verecundiam) solo funciona con los ignorantes. Por eso se usa en publicidad y en la propaganda política. Pero se corre un riesgo enorme al usarla en un lugar donde la gente está informada, porque quien la usa queda, bien como un manipulador de tercera, bien como un nesciente manifiesto, o bien como una presona con prejuicios para quien la evidencia científica no es más que una opinión como cualquier otra.
Cesar
La opinión personal es subjetiva a las creencias que moldean la forma de pensar del individuo sea un taxista como yo o sea un premio nobel como Jaime Watson
Fran Vázquez Naveira
👏👏👏👏👏👏👏
¡Bravísimo!
Imposible describirlo mejor.
Sergio
Estimado César. Excelente comentario. Muy bien presentado tu argumento!
Leonardo Calvo Montoya
Profesor, que gran artículo me has compartido. Gracias
Edgar Ospina
Excelente que buen articulo, muy claro
Iñaki
Da que pensar. A más de un político populista debería hacerle replantear sus posturas.
Adys
Genial, aún hay mucho que concientizar sobre este tema. Por lo cual considero este escrito una herramienta contundente para argumentar mis defensas ante algunos racistas que andan por ahí, quienes creen y quieren dividir a la especie humana, por el color de la piel y otros rasgos.
Ibeth Virginia Rubio M
SUPER Interesante. «,Eso de Raza, es solo un término.Se debería Llamar ,solo raza humana. Pero con sus variaciones de rasgos, y color..Solo lo que nos debería
Es identificar. Pero la Raza es humana
Y Punto!
Tomás
Curioso no hay razas pero hay racismo. A otro perro con ese hueso.
César Tomé
Esa expresión mezcla churras con merinas. Desde el punto de vista biológico no hay razas. Pero hay gente que se queda en la superficie y construye prejuicios a partir de diferencias anecdóticas (como el color de piel); por eso hay racistas. El que algo no tenga base científica no impide que la gente lo crea y, por tanto, existen los comportamientos asociados a esa creencia, para ejemplos, las religiones. Da igual la evidencia científica que se exponga, los prejuicios y las ideologías asociadas buscan justificaciones, sin base, pero que a sus seguidores les sirve: el dogma religioso, político o tribal antes que los datos.
Efrén Mosquera
Siempre he pensado que el ser humano es una sola raza
Roberto BESSO
Sr. César Tomé. Impecable respuesta y argumentación.
Felicitaciones.
Hugo Cárdenas Granados
Muchas gracias, que interesante tu artículo, revive el conocimiento de nuestra genealogía humana.
Pepe
Disculpen la ignorancia, pero qué es una raza? Una definición científica, por favor, es decir, refutable y universal.
Irvin Arias Burgos
Brillante!!; un paseo maravilloso a nuestro camino ancestral!!
Carlos E. Lopez.
Muy bueno e interesante artículo, que nos deben llevar a la siguiente reflexión, si los seres humanos dependemos de un mismo tronco genético porque la repartición del mundo que nos etiqueta con caracteres de razas, serán etiquetas políticas o etiquetas económicas
Rawandi
El genetista Adam Rutherford termina su libro «Cómo rebatir a un racista» (2020) reconociendo que «la raza existe». Previamente, en la Introducción, ha aclarado de que la raza tiene «cierto fundamento biológico», pues «se apoya en rasgos físicos como la pigmentación o la fisionomía, (…) determinados en gran parte por la expresión de los genes».
La raza entendida simplemente como variación de ciertos rasgos humanos externos (color de la piel, forma de los ojos, etc.) no creo que suponga ningún problema para nadie, porque se limita a reconocer algo obvio para cualquiera.
Lo absurdo es el concepto de raza que, apoyándose en los rasgos externos de un individuo, presupone qué tipo de cualidades psicológicas tendrá esa persona. Por supuesto, este tipo de proyecciones son del todo anticientíficas.
Nikola Anderbaum
«Lo absurdo es el concepto de raza que, apoyándose en los rasgos externos de un individuo, presupone qué tipo de cualidades psicológicas tendrá esa persona. Por supuesto, este tipo de proyecciones son del todo anticientíficas.»
Ya, pero el estudio totalmente científico sobre los falsos gemelos viene a confirmar lo que tú dices que es absurdo.
El estudio de 64 pares de falsos gemelos quería comprobar si personas cuyos rasgos fenotípicos muy parecidos tenían conciencias en el ADN, cosa que probaron, y por accidente también comprobaron que tenían coincidencias en pautas de comportamiento y referencias psicológicas. Básicamente comprobaron que la frenología, en su base, es cierta por accidente.
Pini Pini
El racismo no se combate negando la realidad de las razas humanas.
Carlos andujar
Actualmente se sabe que si existen razas humanas entre otras cosas por las paleoantropologia ,la paleoarqueologia y se ven diferencias bastante grandes entre diferentes regiones que incluso afectan a las enfermedades que pueden tener las diferentes razas
Pablo Rodríguez Palenzuela
Gracias a todos por leer y comentar. El artículo se publicó originalmente en The Conversation y, hasta ahora, no he seguido los comentarios que se hicieron aquí. Me quedo con el interés y la buena fe de la mayoría de los mensajes, y aprovecho para responder en bloque a los que plantean objeciones, que son los que dan juego.
Sobre Watson. Un premio Nobel no es un oráculo. El galardón reconoce una contribución concreta, no convierte a quien lo recibe en autoridad sobre cualquier tema, y menos cuando habla fuera de su campo y sin datos. La historia de la ciencia está llena de laureados que defendieron disparates: Pauling con la vitamina C, Montagnier con la memoria del agua, Mullis negando el VIH. Apelar a la autoridad de Watson no es un argumento genético; es renunciar a la genética. (Gracias a César Tomé por desarrollarlo con detalle en los comentarios.)
¿Qué es una raza? Pepe lo pide con razón: una definición precisa y aplicable. El problema es que no existe. Cualquier criterio que se proponga —color de piel, forma del cabello, marcadores genéticos— reparte a la gente de manera distinta y traza fronteras donde en realidad hay gradientes. La variación humana es clinal: cambia poco a poco con la geografía, sin saltos que separen grupos. Por eso ningún genetista trabaja con «razas»: no son una unidad que la naturaleza nos entregue, sino líneas que dibujamos nosotros.
«No hay razas pero hay racismo». Tomás lo ve como contradicción y Pini Pini añade que el racismo no se combate negando las razas. No hay tal contradicción. Que algo carezca de base biológica no impide que exista como realidad social, con efectos muy reales. La nacionalidad, el dinero o las fronteras tampoco están en los genes y organizan el mundo. La raza es un constructo social: real en sus consecuencias, falso como división biológica. Y negar su realidad biológica no es negar el racismo; es quitarle su coartada, la idea de que las diferencias de trato reflejan diferencias de naturaleza.
Rutherford. Rawandi cita *Cómo rebatir a un racista*, y en lo esencial Rutherford y yo decimos lo mismo. Que la pigmentación o la fisonomía tengan base genética no está en discusión: la variación existe y en parte se hereda. Lo que la genética no avala es agrupar esa variación en razas, ni —y esto es lo decisivo— inferir de un rasgo externo las capacidades psicológicas o morales de alguien. El propio Rawandi lo señala: esa proyección es anticientífica. En eso coincidimos todos.
El estudio de los dobles. Aquí conviene parar, porque Nikola Anderbaum le hace decir al trabajo lo contrario de lo que dice. Es el estudio de Manel Esteller (2022): partió de parejas de desconocidos muy parecidos de cara y, de las que superaron los filtros de reconocimiento facial, algo más de la mitad compartían bastantes variantes genéticas asociadas a los rasgos del rostro. Hasta ahí, lo esperable: si dos caras se parecen mucho, es razonable que compartan genes de la cara. Pero de ahí no sale ninguna frenología. Los autores hallaron alguna coincidencia débil en cosas como el tabaco o los estudios —factores muy influidos por el entorno y fáciles de confundir— y subrayaron justo lo contrario de lo que sugiere el comentario: el epigenoma y el microbioma, es decir, la parte ambiental, eran más distintos que parecidos. El trabajo no mide personalidad, no habla de razas y no resucita la idea de que la cara delate el carácter. Leerlo así es el error que el artículo quiere prevenir.
Paleoantropología y enfermedades. Carlos Andújar apela a las diferencias regionales, incluidas las médicas. Es cierto que las poblaciones difieren en la frecuencia de ciertas variantes, y que eso importa en medicina: la anemia falciforme, la tolerancia a la lactosa o algunas respuestas a fármacos se reparten de forma desigual por el planeta. Pero esas frecuencias cambian poco a poco y no coinciden entre sí: el mapa de una variante no encaja con el de otra. Por eso hablamos de ascendencia y de poblaciones, no de razas. La ascendencia es un continuo genealógico; la raza, una casilla. Y la paleoantropología, más que fronteras, muestra un árbol que se ramifica y vuelve a juntarse sin líneas limpias.
En el fondo, casi todos los comentarios apuntan a lo mismo: distinguir la variación real, que nadie niega, de la idea de raza, que no se sostiene. Que las diferencias existan no significa que se ordenen en los cajones que la historia quiso imponerles. Gracias de nuevo por la lectura y por el debate.