Una vacuna terapéutica en espray nasal contra nuestra vieja enemiga la tuberculosis

Pocas enfermedades han acompañado tan de cerca a la humanidad como la tuberculosis. Los modelos filogenéticos más avanzados coinciden en que su aparición se remonta hasta los más tempranos orígenes de nuestra especie, hace más de tres millones de años. También contamos con registros paleopatológicos procedentes de homínidos, como el cráneo de Kocabaș, que según las nuevas dataciones superan el millón de años. Pero sin duda el momento álgido de la tuberculosis se produjo en el siglo XIX cuando diezmaba drásticamente las ciudades industriales europeas y se la conocía como «la peste blanca». Anne y Emily Brontë murieron de tuberculosis, así como Anton Chéjov, Frank Kafka, Robert Luis Stevenson, Frederick Chopin, Anton von Weber… Su huella en la sociedad se hizo patente en la literatura, en la música (especialmente la ópera) o en el teatro.
El punto de inflexión científico llegó el 24 de marzo de 1882, cuando Robert Koch presentó ante la Sociedad Fisiológica de Berlín el aislamiento del bacilo causante de la enfermedad, estableciendo la metodología —aislar el microorganismo, cultivarlo puro e inocularlo en animales— que dio origen a los llamados «postulados de Koch» y sentó las bases de la microbiología moderna. Aun así, pasarían décadas hasta disponer de herramientas realmente eficaces. La vacuna BCG (Bacillus Calmette-Guérin) fue desarrollada por Albert Calmette y Camille Guérin a partir de una cepa atenuada de Mycobacterium bovis tras un trabajo de trece años y más de 230 subcultivos. Se administró por primera vez a un ser humano el 18 de julio de 1921, a un recién nacido cuya madre había muerto de tuberculosis esa misma mañana y, más de un siglo después sigue siendo la única vacuna preventiva contra la tuberculosis en uso.
Los primeros antibióticos eficaces llegaron todavía más tarde: la estreptomicina fue aislada en 1943 por Albert Schatz, Elizabeth Bugie y Selman Waksman en la Universidad de Rutgers, y se administró por primera vez a un paciente en estado crítico el 20 de noviembre de 1944. La combinación de varios fármacos que dio origen a la terapia moderna se fue consolidando en las décadas siguientes, y permitió que, por primera vez en la historia, una infección tuberculosa dejara de ser una sentencia de muerte.
La tuberculosis es una enfermedad infecciosa causada por el bacilo tuberculoso, una bacteria que suele afectar a los pulmones. Se transmite por vía aérea cuando una persona enferma tose, estornuda o escupe. Se trata de una enfermedad prevenible y curable… y sin embargo, aún sigue haciendo estragos en nuestros días. En 2024 y según datos de la Organización Mundial de la Salud, más de 10 millones de personas desarrollaron la enfermedad activa y 1,2 millones murieron por su causa, lo que la convierte en la principal causa de muerte por un único patógeno infeccioso en el mundo, por delante incluso del VIH.
Los tratamientos antibióticos han mejorado pero la aparición de cepas multirresistentes a los antibióticos ha añadido una capa extra de urgencia: tratar estas formas de TB puede requerir combinaciones de fármacos durante meses, con efectos secundarios notables y que, debido a su larga duración, cuenta con tasas de abandono del tratamiento nada desdeñables.
Respecto a las vacunas, la realidad es que no se han conseguido avances importantes y continuamos echando mano de la vacuna BCG que cuenta ya con más de cien años. Por estas razones, y aun teniendo en cuenta que se encuentra en fases experimentales y modelos animales (ratones y macacos rhesus), resulta tan interesante la noticia de que la Universidad Johns Hopkins ha desarrollado una nueva vacuna contra la tuberculosis que además se inocula de una manera sencilla, directa y nada invasiva: mediante un espray nasal.

A grandes rasgos todos conocemos el grave problema de resistencia al que nos enfrentamos cuando luchamos contra bacterias pero, para entender mejor este avance de la Johns Hopkins, resulta conveniente explicar un fenómeno bacteriano poco intuitivo y algo menos conocido: la persistencia. No todas las células de M. tuberculosis dentro de un pulmón infectado se comportan igual. Una parte de la población bacteriana entra en un estado metabólico de bajo perfil, casi durmiente, como respuesta a condiciones hostiles: falta de oxígeno, escasez de nutrientes o la propia presión de los antibióticos. Estas bacterias «persistentes» no son genéticamente resistentes —no han mutado— pero toleran el tratamiento porque los fármacos convencionales están diseñados sobre todo para atacar bacterias en división activa. Cuando el tratamiento termina, algunas de estas células pueden «despertar» y provocar una recaída, incluso en pacientes que completaron correctamente su terapia. La propia OMS estima que aproximadamente una cuarta parte de la población mundial, unos 2.000 millones de personas, padecen infecciones de tuberculosis latentes sin síntomas.
El nuevo estudio publicado hace unos meses, presenta una vacuna experimental de ADN administrada por vía nasal, pensada no para prevenir la infección (como la BCG) sino para reforzar el tratamiento en personas ya infectadas: es lo que se llama una vacuna terapéutica.
Los investigadores utilizaron el gen bacteriano relMtb, responsable de que M. tuberculosis produzca la proteína RelMtb que permite a la bacteria entrar en ese estado de persistencia tolerante a los fármacos. En lugar de intentar bloquear esta proteína, la vacuna la usa como diana para que el sistema inmunitario aprenda a reconocer y atacar a las bacterias que la producen, es decir, a las que más probabilidades tienen de sobrevivir al tratamiento antibiótico. Administrar la vacuna por la nariz, en lugar de mediante una inyección intramuscular convencional, permite dirigir la respuesta inmunitaria directamente a la mucosa respiratoria, que es donde arraiga la infección tuberculosa.
No podemos olvidar que esta nueva vacuna terapéutica aún está en fase de modelos animales (ratones y macacos rhesus) pero los resultados muestran que, combinada con el tratamiento antibiótico estándar, «acelera la eliminación de la bacteria, reduce la inflamación pulmonar y, sobre todo, evita las recaídas tras finalizar el tratamiento generando respuestas duraderas de células inmunitarias».
En definitiva estamos ante un prometedor avance de los antibióticos actuales que, como vacuna terapéutica no previene la infección, pero que potencia su efecto, acorta los larguísimos plazos del tratamiento (que derivan en abandonos) y mejora la adherencia de los pacientes, uno de los grandes talones de Aquiles del control global de la tuberculosis.
Referencias científicas y más información:
Johns Hopkins University (2026) Johns Hopkins scientists develop nose spray DNA vaccine for tuberculosis Science Daily
Karanika, Styliani, et al. (2026) Immunotherapy Targeting Drug-Tolerant Mycobacterium Tuberculosis Persisters Accelerates Tuberculosis Cure in Preclinical Models The Journal of Clinical Investigation doi: 10.1172/JCI196648.
Sobre el autor: Javier Peláez (@Irreductible), es escritor y comunicador científico. Autor de «500 Años de Frío» (2019), «Planeta Océano» (2022) y «En busca del último continente» (2026). También es guionista en el programa de TVE «Órbita Laika», creador del Podcast Irreductible, ganador de tres premios Bitácoras, un premio Prisma a la mejor web de divulgación científica por Naukas.com y un Premio Ondas al mejor programa de radio digital por Catástrofe Ultravioleta.
