¡Es la Aritmética!

Matemoción

El niño y los sortilegios es una fantasía lírica (en dos partes para solistas y coros con orquesta) de Maurice Ravel sobre un libreto de la escritora Sidonie Gabrielle Colette. Se estrenó en Montecarlo el 21 de marzo de 1925 y, un año más tarde, se presentó en el Teatro de la Ópera Cómica de París.

Portada diseñada por André Hellé para la primera edición de la ópera. Imagen: Wikipedia.

En 1916, Jacques Rouché, en ese momento el director de la Ópera de París, solicitó a su amiga Colette que escribiera un libreto para ballet, de ambiente fantástico, sobre los sueños de un niño perseguido por animales y objetos por él maltratados: Ballet pour ma fille. Ravel fue elegido para musicalizar la historia. Pero, debido a problemas personales, abandonó el proyecto hasta 1919, año en que retomó el libreto y descubrió sus posibilidades, decidiendo crear una ópera y no un ballet.

El niño y los sortilegios es una sucesión de cuadros independientes que mezclan diferentes géneros musicales: jazz, foxtrot, ragtime, polka, dúo maullador, vals y música coral. Para reproducir las numerosas onomatopeyas del libreto de Colette, Ravel utilizó instrumentos poco habituales, como un rallador de queso, una carraca con manivela, crótalos, bloques de madera, látigo,…

La obra tiene lugar en el interior de una casa en Normandía. El protagonista, el niño, intenta, con pereza, hacer sus deberes. A ver que las tareas no están terminadas, la madre castiga al niño dejándole como merienda una taza de té y un trozo de pan duro. Al quedarse solo, el protagonista demuestra su enojo rompiendo objetos y maltratando a los animales domésticos. Aburrido, se recuesta sobre un sillón; en ese momento entran en acción los sortilegios a los que alude el título: el sillón comienza a danzar con una silla, los muebles lo imitan enfadados con el protagonista,… El niño, atemorizado, llora. De las páginas de un libro por él destrozado acude una princesa a consolarlo, aunque le reprocha su conducta. Ella desaparece para ocupar su lugar un viejo amenazante, que le plantea problemas matemáticos para resolver: es la Aritmética. Sale la luna, el gato y la gata se unen en un ceremonioso dueto amoroso. Los animales que habitan el jardín desafían y amenazan al niño: entablan extraños diálogos, realizan frenéticas danzas, con tanta euforia que hieren a una ardilla. El niño, conmovido, ayuda al roedor. El resto de los animales, al ver el acto de compasión del protagonista, comienzan a dudar de su maldad. Lo acompañan hasta la casa, finalizando de este modo los sortilegios: el niño regresa al mundo real, reclamando a gritos la presencia de su madre.

En una de las escenas, las matemáticas son las encargadas de atormentar al niño.

[…] (Los patea. Voces chillonas salen de entre las páginas que dejan ver a las gesticulantes figuritas de los números. De un álbum abierto como un techo, salta un viejecillo jorobado, de nariz ganchuda, barbado, vestido con números, sombrero en forma de «pi», ceñido con una cinta métrica y armado con una regla. Sostiene un libro de madera que golpea cadenciosamente. Baila mientras recita fragmentos de problemas.)

EL VIEJECILLO: ¡Dos grifos de agua fluyen a un tanque! ¡Dos ómnibus dejan una estación a veinte minutos de intervalo, valo, valo, valo! ¡Una campesina, sina, sina, sina, lleva todos sus huevos al mercado! ¡Un mercader de telas, telas, telas, telas, vende seis metros de trapo! (ve al niño y se le acerca de una manera malévola.)

EL NIÑO: (aterrado) ¡Dios mío! ¡Es la Aritmética!

EL VIEJECILLO, LOS NÚMEROS: ¡Tica, tica, tica! (Danzan alrededor del niño multiplicando sus maléficos pases.) Once más seis: ¡veinticinco! Cuatro más cuatro: ¡dieciocho! Siete por nueve: ¡treinta y tres!

EL NIÑO: (sorprendido) ¿Siete por nueve, treinta y tres?

LOS NÚMEROS: (levantando las hojas y chillando) Siete por nueve: ¡treinta y tres! etc.

EL NIÑO: (con audacia) Tres por nueve: ¡cuatrocientos!

EL VIEJECILLO: (balanceándose para mantener el ritmo) Milímetro, centímetro, decímetro, decámetro, hectómetro, kilómetro, miriámetro. ¡Sin fallar! ¡Qué felicidad! ¡Millones, billones, trillones, y fracciones!

LOS NÚMEROS, EL VIEJECILLO: ¡Dos grifos de agua fluyen a un tanque! etc.

LOS NÚMEROS: (hacen bailar al niño con ellos) Tres por nueve: ¡treinta y tres! Dos por seis: ¡veintisiete! ¿Cuatro más cuatro?… ¿Cuatro más cuatro?…Cuatro por siete: ¿cincuenta y nueve? Dos por seis: ¡treinta y uno! Cinco por cinco: ¡cuarenta y tres! Siete más cuatro: ¡cincuenta y cinco! (Giran desenfrenadamente. El niño, aturdido, cae al suelo. El Viejecillo y el coro se retiran.) Cuatro más cuatro: ¡dieciocho! Once más seis: ¡veinticinco!

(El niño se sienta con dificultad. La luna ilumina la habitación. El gato negro se desliza bajo el sillón. Se estira, bosteza y se relame. El niño no lo ve pues, cansado, tiene la cabeza apoyada en un taburete. El gato juega, haciendo rodar una bola de estambre. Se acerca al niño e intenta jugar con su cabeza rubia como si fuera una pelota.)

EL NIÑO: ¡Oh! ¡Mi cabeza! ¡Mi cabeza! […]

Es una lástima que las matemáticas se perciban sistemáticamente como una ‘maldición’… ¡incluso en la ópera!

Os dejo debajo la original versión de Giovanni Munari y Dalila Rovazzani, de esta escena de El niño y los sortilegios:

Sobre la autora: Marta Macho Stadler es profesora de Topología en el Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU, y colaboradora asidua en ZTFNews, el blog de la Facultad de Ciencia y Tecnología de esta universidad.

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