El eco de la sangre

Fronteras Caracolas Artículo 2 de 7

Bloom, a través de la puerta del bar, veía una caracola pegada a los oídos de ellos. Oía más débilmente que lo que ellos oían, cada cual para sí solo, luego cada cual para el otro, oyendo el chasquido de las olas, ruidosamente, silencioso estruendo.
[…]
El mar se creen que oyen. Cantando. Un estruendo. Es la sangre. Sopla en el oído a veces.

James Joyce, Ulises, 1922.

Imagen de Arek Socha / Pixabay

Otro mito popular sobre las caracolas vincula su sonido al flujo sanguíneo que, supuestamente, emitiría un eco al atravesar los vasos sanguíneos de los oídos. Esta explicación se encuentra por todo internet, especialmente (e irónicamente) en webs educacionales que tienen por objetivo desmentir mitos sin fundamento científico. El mismísimo Carl Sagan cayó en este error. En su libro The Cosmic Connection, afirma: “Todo el mundo sabe que es el sonido del mar lo que se oye cuando uno se pone una caracola en la oreja. En realidad se trata del sonido amplificado de la propia sangre fluyendo”1. Si bien, a continuación se pregunta: “¿Pero es realmente cierto esto? ¿Ha sido estudiado? ¿Ha intentado alguien decodificar el mensaje de la caracola?”.

A pesar de su insistencia en la web, en la Wikipedia y hasta en el Ulises de Joyce, este mito es falso. Para comprobarlo, basta con hacer un poco de ejercicio y pegar la oreja nuevamente a la caracola. Si nuestra sangre fuese la causa de su sonido, este debería aumentar a la par que el flujo sanguíneo. Sin embargo, el ruido no cambia en absoluto.

De manera más general y según me explica el cardiólogo Julián Palacios, el flujo sanguíneo no suele producir ningún sonido, da igual lo que usemos para escucharlo. El motivo es que se trata de un flujo laminar; corre suavemente por las venas sin choques ni remolinos que puedan generar ruidos. Solo en situaciones en las que su caudal se altera, como en el caso de un estrechamiento repentino o si existen fugas de algún tipo (en un soplo cardíaco, por ejemplo) es posible escucharlo. Si alguna vez has ido al médico y te han tomado la tensión, habrás notado que a veces te colocan un estetoscopio en el antebrazo. El objetivo es poder oír los conocidos como sonidos de Korotkoff. Al ocluir con el manguito el flujo sanguíneo del brazo e ir liberándolo poco a poco, se producen turbulencias en el flujo que sí resultan audibles y permiten identificar el nivel de presión sanguínea, en base a los ciclos cardíacos. Por lo demás, la sangre es silenciosa. Y si alguna vez le da por cantar, siempre va acompañada por las marcas de su director, el pulso cardíaco: un tempo marcado por las válvulas del corazón al abrirse y cerrarse. Nada parecido a los secretos de la caracola.

Aunque resulta difícil rastrear el origen de este mito dentro de la acústica pop, a finales del siglo XIX es posible encontrarlo ya en varios textos literarios. Según Stefan Helmreich, autor de Sounding the Limits of Life, esta coincidencia en el tiempo no sería casual. Para que la idea de los ecos sanguíneos cobrase fuerza, debió de ser necesario primero concebir que la sangre podía ser escuchada. Esto solo fue posible con la invención del estetoscopio, en 1816. Cuenta la historia que René Laënnec, un médico francés demasiado pudoroso para apoyar su oído directamente contra el pecho de las damas, decidió valerse de un tubo de madera para escuchar a una distancia prudente. El artilugio no solo le ayudó a desempeñar su labor con decimonónico recato, también le permitió oír los sonidos del corazón con una claridad sin precedentes. Pronto el invento se popularizó y a lo largo del siglo XIX se fue perfeccionando.

Estetoscopio de caracola. Fuente: D. B. Katz, US Patent 5,420,382, 30 May 1995

Curiosamente, los sonidos detectados con este nuevo aparato médico se comparaban a veces con aquellos procedente de una caracola, ¡pero con el objetivo de criticarlos! Un anuncio de 1886 que promocionaba un nuevo estetoscopio binaural sugiere que un mal instrumento “recuerda al resonador de juguete de un niño, una caracola”2. El motivo podría ser el mismo que, de hecho, origina los sonidos característicos de la cavidad resonante: en un mal estetoscopio, es posible que el sonido del ambiente se cuele y sea amplificado, dificultando una correcta auscultación. Esta mala publicidad, sin embargo, no amedrentó al inventor que en 1995 patentó un estetoscopio con cabeza de gasterópodo3. En su invento, el mito termina teniendo una aplicación real y la caracola es atravesada por el eco ocasional de la sangre. Por otra parte, tampoco parece que se hayan fabricado muchos aparatos bajo su modelo.

Referencias:

1 Carl Sagan, The Cosmic Connection: An Extraterrestrial Perspective (1973): “Consider, for example, seashells. Everyone knows the “sound of the sea” to be heard when putting a seashell to one’s ear. It is really the greatly amplified sound of our own blood rushing, we are told. But is this really true? Has this been studied? Has anyone attempted to decode the message being sounded by the seashell?“

2 Advertisement for “Dr. Spencer’s Improved Binaural Stethoscope” The Practitioner: A Journal of Therapeutics and Public Health 36, no. 3 (1886).

Sobre la autora: Almudena M. Castro es pianista, licenciada en bellas artes, graduada en física y divulgadora científica

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