El lenguaje de los libros de alquimia oscura y el misterio de la existencia de éstos

Imagen de “El libro de Abraham el judío” de Nicolas Flamel

Decíamos en El oscurecimiento de la alquimia que en los siglos XIV y XV el simbolismo y el misterio se convirtieron en un arma de defensa, más que una forma de guardar “el gran secreto”, que no era otra cosa que lo que ya circulaba libremente en siglos anteriores. Esta oscuridad servía también como cortina frente a las acusaciones de falta de ortodoxia. No te podían acusar de nada concreto si todo era interpretable…

Pero, ¿qué aspecto tenía este oscurecimiento? ¿En qué se traducía? Bien, veamos un ejemplo muy característico: el mercurio, la hydrárgyros (de ahí su símbolo actual, Hg), el agua de plata, el metal líquido.

Si al leer un texto de un alquimista te encuentras con referencias al portero, a nuestro bálsamo o nuestra miel (en estos casos “nuestro/a” hace referencia al colectivo de alquimistas), te están hablando del mercurio. Pero también lo pueden estar haciendo si lees que tratan de aceite, orina, rocío de mayo (el rocío que se recoge el primer día de mayo, al que se atribuyen propiedades mágicas), huevo madre, horno (de fundición) secreto, horno (a secas), fuego verdadero, dragón venenoso, triaca (un antídoto contra venenos que ya usaban los griegos clásicos), mina ardiente, león verde, pájaro de Hermes o de la espada de doble filo que guarda el árbol de la vida.

Imagen de “Alquimia” de Libavius

Los procesos también tenían un simbolismo concreto. Así, los pájaros que suben al cielo señalan que se realiza una sublimación; pero si los pájaros van y vuelven del cielo, una destilación. El efecto de un ácido mineral no es otra cosa que un león devorando lo que sea.

Otros símbolos habituales eran la serpiente o el dragón para representar la materia en su estado imperfecto, un símbolo que se remonta a la época de Zósimos de Panópolis (s. IV). El propio proceso alquímico era simbolizado por el matrimonio, en general, y por la unión sexual, en particular, desde los tiempos de la alquimia alejandrina de María la Judía (s. II).

Pero salpimentar el texto de lenguaje cristiano no parecía mala idea, más que nada para confundir al extraño. La muerte y resurrección de Jesús no eran otra cosa que la muerte (digestión) y resurrección (aislamiento, separación, precipitación) de los metales. La Santísima Trinidad no solo eran las tres personas del dios único, también eran la sal, el mercurio y el azufre que se suponía estaban presentes en todos los metales.

Todo este lenguaje misterioso está muy bien y es muy ingenioso, pero hay un misterio aún mayor: ¿Por qué escribir un libro, lo que te puede llevar a perder la vida, si se trata de esconder un secreto?

Quizás la solución la tiene el viejo principio de los detectives a la hora de iniciar la investigación de un delito: Cui prodest? (¿quién se beneficia?).

Página de “Alquimia” de Flamel

El que se beneficia de escribir un libro de alquimia es quien lo escribe. Pero no por ningún motivo romántico, sino porque lo puede vender a otros alquimistas o a aspirantes a serlo. Y los alquimistas necesitaban un flujo constante de dinero.

La mayor parte de los alquimistas eran religiosos (el grupo más alfabetizado de la sociedad) pobres (por circunstancias personales o votos profesados). Si bien afirmaban que seguían con el estudio de la alquimia para mayor gloria de la Iglesia, la Iglesia no sufragaba precisamente estas investigaciones bastante cuestionables que rozaban lo ilegal tras el decreto de Juan XXII.

El estudio de la alquimia era caro: los utensilios se consumían o rompían con suma facilidad y para reemplazarlos algunas veces era necesario pagar un extra al artesano para que trabajase en secreto si los superiores del alquimista no veían su práctica con buenos ojos o, más temible aún, por si alguien se enteraba en lo que trabajaba y quería sacarle su “secreto” por métodos violentos.

Esta combinación de misticismo y secretos llevó a una desconfianza generalizada en la práctica alquímica, por una parte y, por otra, creo oportunidades para que oportunistas se aprovechasen de la avaricia de algunos, creando la figura del alquimista estafador profesional durante siglos.

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

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El lenguaje de los libros de alquimia oscura y ...

[…] Decíamos en El oscurecimiento de la alquimia que en los siglos XIV y XV el simbolismo y el misterio se convirtieron en un arma de defensa, más que una forma de guardar “el gran secreto”, que no era otra cosa que lo que ya circulaba libremente en siglos anteriores. Esta oscuridad servía también como cortina frente a las acusaciones … Seguir leyendo  […]

Manuel López RosasManuel López Rosas

El lenguaje usado deliberadamente para ocultar y confundir más que para esclarecer.

Y resulta que normalmente podemos encontrar esas características en el lenguaje común, e incluso en el lenguaje de la formulación científica, mientras no compartamos las reglas de interpretación y aplicación.

Y tampoco debemos olvidar la agrupación a la que posiblemente en forma necesaria habría que adherirse, sobre todo por los términos planteados en el artículo:
“El que se beneficia de escribir un libro de alquimia es quien lo escribe. Pero no por ningún motivo romántico, sino porque lo puede vender a otros alquimistas o a aspirantes a serlo. Y los alquimistas necesitaban un flujo constante de dinero.”

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