Nuestros ancestros asesinos

Las proporciones y forma de la mano de los homínidos se seleccionaron, entre otras razones no excluyentes entre sí, para convertirla en un arma peligrosa para golpear al rival en las peleas, y hacerlo preferentemente en la cara, según la hipótesis de David Carrier, de la Universidad de Utah. Golpear con los puños es, seguro, uno de los métodos de violencia más antiguo de nuestra especie. Si la mano, nuestro signo de ser Homo, es, demás, un arma, es razonable plantear la hipótesis de que el rostro, el blanco principal para los golpes, también ha evolucionado para resistirlos. Así, las manos y el rostro de nuestra especie ha evolucionado para participar en peleas, hacer daño y protegerse del daño que nos inflijan.

Virginia Hill: El puño como sistema de convivencia

Nunca mató a nadie, pero vivió rodeada y mantenida por los tipos más duros de la Mafia americana de la posguerra. Disfrutó de una vida desmesurada e intensa y murió cómo y cuándo quiso: se suicidó a los 49 años en Salzburgo, Austria. La edad le robó sus encantos y la que, en un tiempo, fue conocida como Reina de los Gangsters decidió que no podía vivir así. Hay quien afirma que no se suicidó, que la asesinaron. Poco antes de su muerte había recibido la visita de uno de sus antiguos amantes, el boss de la familia Genovese de Nueva York, Joe Adonis, que declaró que había acompañado, junto con sus guardaespaldas, a Virginia hasta la puerta de su casa. Ya ha pasado el tiempo suficiente como para que sepamos que el enigma de su muerte no se va a aclarar, y para siempre quedará como un suicidio.

Virginia Hill nació en Bessemer, Alabama, en 1917, en una familia con diez hermanos. Después de trasladarse a Marietta, Georgia, su madre la echó de casa y, con 17 años, marchó a Chicago donde esperaba encontrar trabajo durante la celebración de la Feria Mundial de 1933. Ella declaró que, hasta esa edad, nunca había llevado zapatos. Acabó empleada de camarera y prostituta ocasional, y así conoció al gangster Joe Epstein,contable y experto en evasión de impuestos, de la banda de Jack Guzik, político corrupto del grupo de Al Capone. La hizo su amante y, también, su correo para mover fondos, incluso con viajes a Suiza para depositar dinero en cuentas secretas. Años más tarde declaró que “cuando esta chica se mete bajo tu piel es como el cáncer, es incurable”. En esa época, Virginia le compró una casa a su familia en Marietta y pagó los 11000 dólares del precio al contado, sacando uno a uno los billetes de cien, arrugados, de su bolso. Y fue por entonces, en sus viajes como correo del dinero de la Mafia, cuando conoció y fue amante de destacados mafiosos como Frank Costello, Frank Nitti, Charles Fischetti o Joe Adonis.

También transportaba dinero de las apuestas de las carreras de caballos, casi siempre amañadas, lo que le permitía tener buenos “soplos” y ganar un buen dinero apostando por su cuenta. Cuando marchó a Nueva York, se presentó como la heredera de un imperio petrolífero en Georgia y daba las fiestas más espectaculares de la ciudad. Apareció en la prensa como la “chica glamurosa de Manhattan” y declaraba, con orgullo, que era la mujer con más abrigos de piel del país. Esto ocurría en 1941 y, quizá en otro mundo, se luchaba en la Segunda Guerra Mundial.

También conoció a Bugsy Siegel, uno de los jefes de la banda de Nueva York conocida como Bugsy & Meyer, este último por Meyer Lansky, ambos gangsters judíos, amigos desde niños y compañeros de fechorías de Lucky Luciano. Asesino, psicópata, guapo e insaciable en el sexo, Siegel y Virginia basaban su relación en tremendas peleas a puñetazos, con intentos de suicidio incluidos, pero en los que ella devolvía golpe por golpe y que acababan siempre en más sexo salvaje. En 1937, Virginia Hill y Bugsy Siegel comenzaron sus viajes a California, con el encargo para Siegel de organizar la extorsión, el tráfico de drogas y demás actividades para conseguir dinero en torno a la cada vez más poderosa y rica industria del cine en Hollywood.

“Bugsy” Siegel, llamado al nacer Benjamin Siegelbaum, procedía de una familia judía pobre que venía de Letychiv, en la actual Ucrania. Benjamin había nacido en Brooklyn el 28 de febrero de 1906. Con 14 años organizó una banda de “protección” de los comerciantes del barrio que pronto se unió a la de otro joven judío, Meyer Lansky, y ampliaron el negocio al juego y al robo de coches. En la banda, Lansky era la cabeza y Siegel el tipo duro. A los 21 años ya era culpable de secuestro, robo, asalto, tráfico de drogas, trata de blancas, violación, evasión de impuestos, juego, extorsión y numerosos asesinatos. No era de los que ordenaba un asesinato; era de los que participaba en el asesinato.

En 1929 se casó con Esta Krakower, su novia desde niños y hermana de otro de los tipos duros de la banda, Whitey Krakower. Tanto Siegel como Krakower fueron miembros de Crimen, S.A., el grupo de asesinos volante que mataba, por todo el país, a quien les ordenaban los jefes de la Mafia. Por cierto, ya en California, Whitey intervino, con Siegel, en el asesinato de un confidente y fue, a su vez, asesinado por su cuñado para que no declarase en contra.

En 1930, la banda Bugs & Meyer se une al futuro de la moderna Mafia de Lucky Luciano, Frank Costello o Albert Anastasia. Varios de ellos serían amantes de Virginia Hill. Es el nacimiento del crimen organizado a nivel continental, con ramificaciones en Europa y en el Caribe.

Bugsy Siegel era un mujeriego sin remedio. Convirtió a Virginia en su amante permanente, a pesar de que nunca se divorció de su mujer de siempre. Siegel, que vivía en California con las dos hijas del matrimonio, se empeñaba en llevar a la cama a todas las aspirantes a actriz que conocía, y eran muchas. Se llegó a decir que se había casado con Virginia en 1947 en México. En aquella época, comenzó a llamar a Virginia The Flamingo, el Flamenco, por sus largas piernas. Años más tarde, este apodo sería la causa de su muerte.

Virginia, con dinero abundante y una gran mansión en Hollywood, seguía ingresando dinero de las bandas con su labor como correo y, además, organizaba suntuosas fiestas que, a su vez, le proporcionaban información valiosa para chantajear a las estrellas de Hollywood con secretos inconfesables de su vida privada.

La buena vida y la fortuna de Siegel le llevaron a su proyecto más ambicioso, y el futuro demostraría que era el sueño de un visionario genial. Siegel fue uno de los creadores de Las Vegas. Vio la cercanía entre el dinero de California, sobre todo de Hollywood, y el Estado de Nevada, uno de los pocos en que el juego era legal. Y eligió un pueblo, Las Vegas, para construir el casino más lujoso de América. Le llamó The Flamingo, en honor de su amante Virginia Hill. El dinero vino, sobre todo, de Nueva York, de la familia Genovese y de Meyer Lansky, la otra mitad de la banda Bug & Meyer. Pero el asunto se complicó y el casino se convirtió en un pozo sin fondo donde desaparecían millones de dólares de la Mafia, de unos inversores que no eran precisamente famosos por su paciencia con los morosos.

Es posible que parte del dinero fuera a parar a los bolsillos de Siegel, y que Virginia fuera el correo que lo llevaba a Suiza en sus frecuentes viajes a Europa. El 10 de junio de 1947 viajó a París, se dijo que para recuperarse de una paliza particularmente brutal. Diez días después, Siegel fue asesinado con una carabina .30-.30 en la sala de la mansión que Virginia tenía en Hollywood. Le dispararon nueve tiros; dos le alcanzaron en la cabeza y otros dos en el pecho. La muerte fue instantánea. Virginia volvió de París inmediatamente, horrorizada y asustada; o, por lo menos, eso parecía. Ante la policía negó que fuera amante de Siegel y aseguró que desconocía su relación con los Genovese de Nueva York. Pero las continuas palizas a Virginia que, no hay que olvidar, era o fue la amante de los más importantes capos de la Mafia, más el dinero que desaparecía en The Flamingo quizá fueron las razones para ordenar la muerte de Siegel. Nunca se ha sabido con certeza, y nadie fue juzgado por ello. No conocemos quién, por qué y por orden de quien fue asesinado Benjamin “Bugsy” Siegel.

Otro dato a añadir a lo escrito más arriba es que, después de la muerte de Siegel, su amigo Lansky se entrevistó con Virginia y le pidió el dinero que había llevado, por encargo del asesinado, a las cuentas secretas de Suiza. Virginia lo devolvió y la cúpula de la Mafia quedó tranquila. Hasta su muerte, Virginia hablaría con cariño de Bugsy pero, siempre, sin criticar a los gangsters que había amado en otra época. Por cierto, Meyer Lansky, el gran colega y socio, desde niños, de Siegel, murió en su cama, en su mansión de Florida, en 1983, a los 81 años.

En realidad, Bugs Siegel era capaz de convertir el día más tranquilo en un lío parecido, a veces, a las películas de los Hermanos Marx. En cierta ocasión, se alojaron a la vez en el Flamingo cuatro de sus amantes: Virginia, que le daba sexo y broncas a tope; la actriz de cine británica Wendy Barrie, que era el glamour; la italiana Dorothy Taylor, Condesa DiFrazzo, que aportaba la clase; y otra actriz, Mary McDonald, a la que apodaban The Body. Y claro, así como por casualidad, Hill y Barrie se cruzaron por los pasillos del lujoso casino; la actriz británica salió del encuentro con la mandíbula casi desencajada.

En otra ocasión, en 1939, Bugs viajó a Italia con la Condesa DiFrazzo con la intención de vender explosivos para el ejército de Mussolini. Mientras negociaba con el gobierno fascista, se alojaba en el palazzo de su amante. Y allí recibieron la visita de jerarcas nazis como Hermann Goering o Jospeh Goebbels. El pobre judío de Nueva York conoce a los antisemitas nazis por medio de una condesa fascista. Conociendo el temperamento de Bugsy, no es difícil suponer que de inmediato quisiera matarlos. Su querida Condesa le disuadió y la historia pudo seguir su curso.

En 1950, el Senado de los Estados Unidos decidió organizar una Comisión Especial de Investigación sobre el Crimen y, para presidirla, se eligió al senador por Tennessee, Estes Kefauver. Ocupó el puesto desde el 10 de mayo de 1950 hasta el 1 de mayo de 1951. Además, formaron parte de la Comisión Herbert O’Connor, de Maryland; Lester Hunt, de Wyoming; Alexander Wiley, de Wisconsin; y Charles Tobey, de New Hampshire. En marzo de 1951, la Comisión tuvo ocho días de audiencias en Nueva York y, a una de las sesiones, fue llamada a declarar Virginia Hill.

Ya tenía 35 años, una vida muy agitada y un hijo de su matrimonio con Hans Hauser, un instructor de esquí al que había conocido durante unas vacaciones en Sun Valley. Era su cuarto marido; de los otros tres, destaca un bailador de rumbas mejicano.

Virginia había intentado ser actriz en Hollywood, pero nunca le dieron un buen papel (que sepamos, solo participó en una película, Alta tensión, en 1941, y ni siquiera aparecía su nombre en los créditos). Aunque su tren de vida todavía era lujoso, había disminuido desde que parecía haber perdido el contacto con sus antiguos amigos gangsters. Además, la había investigado el Departamento del Tesoro que, a partir de un cálculo de sus gastos, valoró que no había pagado impuestos para unos ingresos de unos 500000 dólares. Fue entonces cuando se casó con Hauser y marchó a Europa. El Tesoro embargó y subastó su casa y demás propiedades. Pero siempre recibió dinero, una especie de pensión, por parte de Joe Epstein, aquel gangster de Chicago que fue su primer amante de la Mafia. También es cierto que sus frecuentes viajes de ida y vuelta entre Estados Unidos y Europa hacían sospechar que seguía con su antiguo trabajo de correo del dinero de la Mafia.

El mismo Kefauver cuenta que su belleza ya no era lo que había sido, pero iba vestida con clase. Sin embargo, en las fotografías que se publicaron de su declaración ante la Comisión, se la ve hermosa y relajada, aunque demostró su carácter e, incluso y aunque intentó disimularlo haciéndose la tonta, quedó claro que era muy inteligente. Y con sentido del humor. Los senadores estaban convencidos de que recibía o, por lo menos, había recibido, dinero, y mucho, de la Mafia. Virginia lo negó varias veces y afirmó que de ese dinero no sabía nada de nada; es más, llegó a decir que aquellos amigos suyos, por lo visto tan famosos, ni siquiera eran gangsters. Al final, el senador Tobey le preguntó por qué le daban dinero. Virginia le desafió a si de verdad quería saberlo. Tobey contestó que sí, y entonces Virginia le respondió que “Pues entonces le voy a decir por qué. ¡Porque soy la mejor mamona de la ciudad!” Esta respuesta, disimulada con todo tipo de eufemismos, apareció en toda la escandalizada prensa de Nueva York.

Virginia Hill vivió en Europa hasta su muerte en 1966, en compañía de su hijo Peter Houser, de profesión, camarero.

Farrah Fawcett en “The burning bed” interpretando a Francine Hughes, una mujer real maltratada.

La estadística nos dice que es la cabeza el principal blanco de los golpes, con el 53% de los hematomas, el 66% de las heridas, o el 85% de las fracturas, según un estudio publicado en 1990 en Gran Bretaña. Además, la mayoría de las peleas son entre hombres., como en otros grandes primates, con porcentajes que van del 68% al 92% según dicen las encuestas publicadas. Todo esto desde hace millones de años, desde los australopitecos, y con antecedentes en los primates.

Nuestra violencia es muy antigua. Desde tiempo inmemorial, una violencia brutal acompaña a la humanidad. Los arqueólogos han encontrado restos de huesos humanos con marcas de haber muerto a golpes desde hace, por lo menos, 200000 años. Es lo que algunos han llamado la guerra anterior a nuestra civilización con sus conflictos más o menos establecidos y violentos. O sea, más violencia y más muertes. Es en Provenza, en el sur de Francia, donde se fechó hace 200000 años un grabado en una roca con una figura humana con flechas o lanzas clavadas en su cuerpo.

Con la llegada de lo que llamamos la civilización se ha conseguido, en parte, controlar la violencia entre individuos, pero la violencia entre grupos, la guerra y sus variantes, ha prosperado y mejorado en métodos, técnicas y número de muertos. Ahora se mata más, mejor y con más precisión.

La capacidad de nuestra especie para destruir a otros miembros de la especie, a otras especies y a ecosistemas enteros no tiene precedentes en la historia del planeta. Conocemos y somos conscientes de la violencia y de sus bases evolutivas, biológicas y sociales como nunca antes y, sin embargo, el futuro cercano de nuestra especie parece que seguirá lleno de violencia y muerte.

Además, seguimos batiendo marcas. Hace no muchos días se publicó lo que se considera el asesinato más antiguo de la historia. Fue en Atapuerca donde un grupo de investigación, liderado por Nohemí Sala, publicó el estudio del Cráneo 17 y lo tituló como “Violencia interpersonal letal en el Pleistoceno Medio”, hace 430000 años. Encontraron los restos de este cráneo en la Sima de los Huesos, en el yacimiento de Atapuerca. Tiene dos fracturas producidas perimortem en el hueso frontal, provocadas por un instrumento romo, en un enfrentamiento cara a cara con un diestro que le golpeó en la parte izquierda de la cabeza. Y nadie da esos golpes sin intención de hacer daño, incluso de matar.

Cráneo 17: Nuestro antepasado

Le acompañaban en su tumba, por lo menos, otros 27 individuos, antepasados de los neandertales. Era en la Sima de los Huesos, con su caída vertical de 13 metros, en Atapuerca, y, en total, los paleontólogos recogieron en su interior unos 6800 fragmentos de huesos. Nuestro protagonista, el Cráneo 17, es el resultado de la reconstrucción del rompecabezas formado por 52 fragmentos de hueso recolectados, clasificados y archivados durante 20 años de trabajo, de 1990 a 2010.

Murió joven y llegó a la Sima hace unos 430000 años. Su cráneo tiene dos perforaciones en el hueso frontal, hacia la izquierda y casi encima de la órbita ocular. Los dos golpes tienen una forma parecida, lo que demuestra que fueron producidos por el mismo objeto, casi seguro de piedra, quizá de madera, y ya que no hay remodelación del hueso, las heridas se produjeron perimortem. Las trayectorias de los golpes son ligeramente diferentes por lo que no parece que se produjeran al caer a la Sima de los Huesos, con su altura de 13 metros, porque allí lo arrojaron o se despeñó por accidente. Lo golpearon y luego lo tiraron a la Sima. Es, por tanto, un crimen de quien le golpeó, y, además, con dos golpes, quizá para asegurarse.

Fue hace, como decía, 430000 años, y es el crimen más antiguo conocido. Es nuestro reencuentro con Caín y Abel, por ahora y hasta que encontremos otro asesinato todavía más antiguo. Así fuimos, somos, los homínidos.

Además, en la Sima de los Huesos había otros 27 individuos y, de ellos, por la reconstrucción que hacen los autores, otros ocho cráneos presentan traumas perimortem. Había 1850 fragmentos de huesos y, de ellos, 560 pertenecían a cráneos. Se reconstruyeron 17 cráneos y, de su análisis detallado, los autores encuentran que las heridas de los Cráneos 5 y 11 pudieron causar su muerte y, ser, como en el Cráneo 17, víctimas de asesinato.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que las fracturas perimortem, quizá con el resultado de muerte y asesinato, en estos 28 cráneos, son solo el 4% del total. Son los que tienen las características típicas de un ataque criminal.

Podemos acercarnos más en el tiempo y buscar más restos humanos con marcas de violencia. Por ejemplo, en Jebel Sahaba, en el actual Sudán del Norte, se ha encontrado un enterramiento, de hace 13000 años, con 59 cuerpos y por lo menos la mitad han muerto con armas, sobre todo flechas cuyas puntas se encuentran entre los restos. Incluso los niños han sido ejecutados con flechas lanzadas a corta distancia. O, hace unos 10000 años, en Nataruk, en la cuenca del lago Turkana, en Kenia, con el hallazgo de restos de 27 individuos, y 10 de ellos con evidencias de muerte violenta, con golpes, fracturas y heridas de flecha. Dos individuos, por la postura que tenían al morir, fueron maniatados y ejecutados. Son dos grupos de cazadores recolectores que tuvieron una dura y violenta disputa.

Fue en 1974 cuando Sarah Hrdy, de la Universidad de Harvard, propuso que, en primates, los machos dominantes mataban a las crías del anterior macho dominante cuando le ganaban en la lucha por el control y acceso a las hembras. Y, ahora, sabemos que más de 40 especies de primates cometen infanticidio cuando se convierten en el macho dominante. Conseguían que las hembras, una vez muertas sus crías, entraran en celo y copularan con el nuevo macho. Y, además, los genes del macho anterior no pasaban a la siguiente generación, solo lo hacían los del nuevo macho.

Parecidos cementerios como el que he descrito en el Sudán del Norte se han encontrado en Alemania y Francia, demostrando que este tipo de violencia exterminadora era habitual en nuestros antepasados más cercanos.

En estas luchas se utilizaban armas que ya se usaban para la caza desde hace, por lo menos, más de 400000 años y que, también, servirían para atacar a otros homínidos. Solo hay que recordar la obra de un gran creador, Stanley Kubrick, y la primera parte de 2001, una odisea en el espacio. El arma que se utiliza para cazar, tapires en este caso, pronto se utiliza para masacrar a otra tribu de la misma especie de homínido.

Es más, en una publicación reciente, un estudio demostraba que algunas de las herramientas de piedra que fabricaba nuestra especie, en este caso con forma de esfera y que aparecieron hace 1.8 millones de años, se podían utilizar como proyectiles y arrojar con precisión hasta unos 25 metros. Seguro que se utilizaron para cazar pero, también, como armas en las luchas entre grupos de nuestros antepasados. Todavía son abundantes en yacimientos fechados hace 70000 años.

La historia escrita, con textos e imágenes de Egipto, Grecia, India, Roma o en América, es testigo del uso de la violencia desde antiguo y habitual en nuestra especie. Quizá podríamos suponer que, cuando nuestra especie dejó el nomadismo del cazador recolector y se estableció en poblados permanentes con la agricultura y la ganadería, disminuyó la violencia. Pero no fue así y no tardaron mucho en aparecer las fortificaciones para proteger los poblados y los esfuerzos para mejorar la tecnología de las armas.

En fin, la violencia actual no es ni mucho menos un fenómeno nuevo. Nos acompaña en nuestra historia evolutiva desde hace millones de años. Los datos sobre violencia letal en mamíferos indican, de media, un 2% de víctimas como porcentaje que parece se mantiene y, por tanto, se selecciona en la filogenia del grupo. Además, el número de muertes es mayor en luchas dentro de la misma especie, cuando hay grupos sociales establecidos y una territorialidad a defender, o conquistar, en la especie implicada. Por tanto, nuestra especie entraría en ese grupo de especies con más víctimas mortales.

Es mayor el número absoluto de víctimas, en nuestra especie, en la actualidad que entre nuestros ancestros. Ahora hay más población, más grupos en disputa, más cercanos geográficamente y, también, estructuras organizadas permanentes para las luchas como son ejércitos, naciones, estados, alianzas y demás.

En fin, quien más mata a sus conespecíficos es el que forma parte de un grupo, creado por altruismo y empatía, pero solo hacia los nuestros, no hacia los otros.

Un ejemplo de la violencia del grupo, quizá hacia otros o hacia alguien del grupo que es condenado, es el ejemplo de las cabezas cortadas encontradas, en las excavaciones del Poblado de La Hoya, en Laguardia, por Armando Llanos. Uno de los cadáveres es un varón joven, de 1.65 metros de altura, y su cabeza, con signos de decapitación, apareció a unos 11 metros de distancia. Es violencia organizada, propia de un grupo, que, aunque hay menos violencia en general, los tipos de violencia social y grupal se mantienen y, a menudo, se disfrazan de ceremoniales (se calcula que la Inquisición ejecutó a una cifra de entre 3000 y 10000 personas).

Somos una especie violenta por naturaleza, tal como afirma David Bueno, de la Universidad de Barcelona. Los conflictos están en las conductas de todos los seres vivos. Las disputas son por recursos o por la reproducción. La lucha puede ser entre individuos o entre grupos. Además de una inevitable base cultural de la violencia, también hay una base genética que, en las conductas agresivas, llega al 40%, con enormes variaciones según el género, el estrés y la regulación de esos genes por influencia del entorno, incluyendo la sociedad, la cultura y la educación.

Somos violentos porque somos agresivos, como tantas especies animales, pero, además, y esto es solo nuestro, somos creativos, tenemos imaginación, lo que es típico de nuestra especie. Quizá no nos hace más violentos, pero sí nos convierte en más crueles. Es el deseo de imponerse en el conflicto unido a la imaginación para prever cómo conseguirlo. La agresividad viene de nuestros ancestros pero, la creatividad solo en parte, el resto tiene que ver con el entorno social. No podemos dejar de ser violentos, pero debemos atenuar sus consecuencias con la empatía y, de nuevo con el entorno social y la educación.

Para terminar, la violencia interpersonal tiene su interés si se estudia en la prehistoria, entre nuestros antepasados, pues así se abre un enfoque distinto sobre las relaciones sociales en nuestra especie, hace miles de años, y con cierta sencillez se puede relacionar con problemas actuales de subsistencia como la escasez de recursos, el aumento de población o la defensa del territorio. No hay que olvidar que una de las críticas al estudio de la conducta agresiva en primates y a su base genética se basa en la idea de que biológico, evolutivo o genético es equivalente a fijo o inmutable. Pero la violencia humana no es inalterable y, precisamente, conocer sus bases biológicas ayudará a predecirla y mitigarla.

Alamut según un códice persa del s. XV

Hassan-i Sabbah: Un pionero

En el Diccionario de la Lengua, asesino tiene dos acepciones, ambas como adjetivo, y la primera lo define “Que asesina”, y la segunda como “Ofensivo, hostil, dañino”, y vienen del árabe “hassasin”, adictos al cáñamo indio. Por cierto, hachís, en nuestro Diccionario, viene del árabe “hassis” y, de esta manera, en nuestro idioma, asesino y hachís tienen el mismo origen. No está claro, quizá debemos a los cruzados el por qué derivaron el nombre de una secta musulmana de una hierba considerada como narcótico y, más bien, agradable de consumir. A los miembros de la secta se les suponía un valor suicida en el cumplimiento de sus misiones y, es posible, que los cruzados atribuyesen su arrojo al uso de la droga.

La historia nos cuenta que los “hassashashin” eran los componentes de la secta que fundó y dirigió Hassan-i Sabbah y que utilizaban el asesinato como estrategia política. Fue el primero, por lo menos en nuestro idioma, que legó su nombre a los asesinos. Nació en la ciudad sagrada de Qom, hoy en Irán, en 1034 o en 1050, según fuentes diversas, y murió el 12 de junio de 1124 en Alamut, en la fortaleza de la Secta de los Asesinos, situada al norte de Irán, en la región al sur del Mar Caspio. Los mongoles la destruyeron en 1256 y, con su castillo, desapareció toda la documentación sobre la Secta de los Asesinos y sobre su jefe, Hassan-i Sabbah, también conocido como “El Viejo de la Montaña”.

No voy a entrar en las creencias religiosas de Hassan-i Sabbah dentro de la religión musulmana, ni tampoco en sus peleas sectarias, ni en sus viajes para aprender y, después, para enseñar y conseguir adeptos, pero me gustaría conocer, y no conozco, sus argumentos para su propuesta del asesinato como método en política, que de siempre ha tenido muchos seguidores en nuestra especie (esto me recuerda el asesinato como una de las Bellas Artes, según la sugerencia de Thomas De Quincey).

Parece que fue en Egipto, hacia 1078, donde comenzó a organizar la Secta de los Asesinos. Años después, en 1090, ya conquistaba aldeas y castillos y establecía centros de los Asesinos. En aquellos días, conquistó Alamut y decidió que era la base segura que buscaba para organizar y enviar misiones de enseñanza y conquista por todo Oriente.

La vida en Alamut, y seguramente en otros centros de los Asesinos, era dura y disciplinada. Hassan incluso ordenó la ejecución de dos de sus hijos por contravenir las reglas de la secta.

Su vida fue, desde luego, la de un sabio. Estudió, además de los textos de su religión, matemáticas, astronomía, alquimia, medicina y arquitectura. Fue un revolucionario, un sacerdote, un líder, alguien al que sus propias convicciones le daban el orgullo de ser el más ortodoxo de sus correligionarios. Su fama, y la de su Secta de Asesinos, se extendieron por todo el Oriente, entre Irán y Siria, y llegó a Europa a través de los cruzados que, a menudo, no distinguían entre la crónica y la leyenda. Y, no podía ser de otra manera, una herramienta eficaz en apoyo de su fama y poder fue el asesinato de otros estudiosos, de imanes y de nobles que no pensaban como Hassan-i Sabbah.

Una de sus primeras víctimas fue Seljuq, en Bagdad y en 1092, y siguen los asesinatos hasta la muerte de “El Viejo de la Montaña” en 1124, e incluso después como, por ejemplo, el emir de Aleppo, asesinado en 1126.

Hay algo que se sabe y mucho que se cuenta de la Secta, con ritos de iniciación e ingreso que incluían un elevado riesgo de morir pero, también, el uso de drogas y la visita al paraíso, con huríes incluidas, y la presencia de Hassan-i Sabbah como enviado divino.

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Sobre el autor: Eduardo Angulo es doctor en biología, profesor de biología celular de la UPV/EHU retirado y divulgador científico. Ha publicado varios libros y es autor de La biología estupenda.

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