Cosmonautas: el espacio a escala humana.

¡Querido satélite [sputnik]!

Escuché su programa de radio del 4 de Enero donde comunicaba que el chico Basia [1] escribió una petición para volar a la luna en el cohete. Yo también, como Basia, tengo ropa de esquí abrigada, unos *valenki, un abrigo y una shapka abrigada de piel [3]. Sin embargo, no me gusta la comida enlatada, así que cogeré mantequilla y pan.

Por favor, por favor… pido mucho que me pongan en la cola, puesto que [he escrito] muchas peticiones. Yo a la Luna incluso en los sueños….

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En 1957 los soviéticos pusieron en órbita el satélite Sputnik. A la euforia de los científicos soviéticos que habían trabajado en el proyecto, el orgullo de las autoridades soviéticas y el uso político que la propaganda estatal hizo del triunfo, se sumó un inmenso fervor popular.

El tirón mediático y popular entre la población soviética fue tal que sobrepasó con mucho las expectativas que Nikita Kruschev y su Gobierno hubieran podido tener.

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La exposición “Cosmonautas: el Nacimiento de la Era Espacial”, que se puede visitar en el Museo de Ciencias de Londres hasta el próximo 13 marzo, lleva al visitante del 2015, apático, hastiado y difícilmente impresionable, a sentir la emoción, el entusiasmo y la excitación del pueblo soviético en los años 50.

Como visitante, el acierto de Cosmonautas se encuentra en sentir desde el primer momento la ciencia y los viajes espaciales como algo cotidiano y cercano. El cosmos, las naves, los trajes espaciales, el espacio, las estrellas, la luna no son algo lejano, extraño y completamente inalcanzable. Todo lo expuesto tiene escala humana y casi todo es perfectamente reconocible para el espectador del año 2015.

Tsiolkovski

Los dibujos y esquemas están escritos a mano antes, mucho antes, de que los ordenadores fueran una realidad. Los trajes espaciales se parecen a los disfraces que cualquiera de nosotros hemos inventado de niños para jugar a astronautas. Las naves son extrañamente pequeñas. Se perciben como juguetes, con incredulidad en un principio, ¿de verdad Valentina Tereshkova viajó al espacio en eso?, y con admiración después, al pensar lo arriesgado de esas misiones y el valor que aquellos primeros hombres y mujeres mostraron al embarcarse en aventuras de las que no tenían la más mínima certeza de volver o sobrevivir.

Muchísimas de las piezas recopiladas en la exposición, la mayoría de hecho, jamás habían sido expuestas. La carrera espacial estadounidense y la NASA como su máximo representante siempre se dirigieron, y continúan haciéndolo, hacia fuera. Un escaparate del poderío estadounidense, un altavoz publicitario de sus logros en el espacio.

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Muy al contrario, la carrera espacial soviética era más hacia dentro. Misiones secretas, mucho secreto y, por supuesto, una política basada en el control de la información, el discurso y las personas hicieron que la exposición mediática de los logros soviéticos siempre fuera menor. Con el tiempo, la publicidad americana ganó la batalla del imaginario popular y, ahora mismo, cuando alguien dice “carrera espacial”, la mayoría de la gente piensa en “Un gran paso para la humanidad…” y no en el primer satélite Sputnik, en Laika, Gagarin, el primer hombre en el espacio, Valentina Tereshkova, la primera mujer, o Leonov, el primero en darse un paseo espacial. Logros increíbles que muchos han olvidado y que han quedado arrinconados en el imaginario del gran público.

De entre todas las piezas expuestas, las que más me llegaron, me conmovieron y me hicieron resonar con el propósito de la exposición fueron dos cartas.

Kartseva

La primera, la que encabeza este post, fue enviada por una niña, María Kartseva, poco después de la puesta en órbita del Sputnik. María pasaba las horas pegada a su radio esperando escuchar noticias del satélite, esa pequeña bola metálica que giraba alrededor del planeta y que para ella, igual que para otros jóvenes estudiantes soviéticos, resultó un imán y una ilusión. Ella, igual que otros muchos también, escribió al Comité Radiofónico Moscovita pidiendo, rogando, que por favor la dejaran viajar al espacio.

La segunda carta también está escrita por una mujer. Maria Trofimova, una obrera fabril de 45 años, escribió en 1959 esta carta, también a ese Comité, pidiendo viajar al espacio.

Cosmonautas

A la dirección general de emisoras de radio.

Petición:

Pido por favor que me ayuden. No consigo obtener una respuesta. Yo le escribí una instancia y me respondieron que mi instancia la enviaron donde correspondía, pero de allí no he obtenido ninguna respuesta.

2 instancias envié a Nikita Sergievich Jrushov y respuesta no ha habido y otra vez me dirijo a usted para que me ayude.

Mi petición es la siguiente. Pido que me envíen en el satélite. Lo deseo tanto, que mientras no vuele [en él hacia la Luna] no descansaré. No se preocupen por si perezco o por lo que me pueda pasar.

Dos cartas escritas por mujeres hace más de 50 años. Dos mujeres de diferentes edades y, muy posiblemente, con circunstancias vitales muy diferentes, se sintieron tan emocionadas, entusiasmadas y atraídas por la conquista del espacio que escribieron cartas rogando que las dejaran ir.

Son dos cartas emocionantes en sus peticiones y conmovedoras en su tono. Cartas que nos transmiten una relación con la ciencia que creo que hemos perdido. Se habla mucho de cómo vivimos en una sociedad altamente científica y tecnológica, y es posible que sea así, y es obvio que hemos ganado mucho, pero me temo que por el camino la ciencia ha perdido la escala humana y nosotros la emoción y la capacidad de conmovernos con ella.

Cuando hablamos de divulgación científica los grandes olvidados son siempre los museos y las exposiciones, tanto permanentes como temporales. Una buena exposición, bien comisariada y documentada, puede ser una puerta maravillosa por la que acercarse a la ciencia.

Un paseo por Cosmonautas nos devuelve la ciencia a escala humana y tiene la capacidad de conmovernos y emocionarnos. Como dice Brian Cox:

“Tras visitar la exposición Cosmonautas sales de allí con una visión diferente del hombre en el espacio”.

Agradecimiento especial a Antoni Munar por traducir las cartas escritas en ruso.

Sobre la autora: Ana Ribera (Molinos) es historiadora y cuenta con más de 15 años de experiencia en el mundo de la televisión. Autora de los blogs: Cosas que (me) pasan y Pisando Charcos.

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