Fuego griego

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Los árabes conocieron el arma incendiaria conocida como fuego griego cuando los bizantinos la usaron contra ellos. De hecho, el fuego griego pudo ser el factor decisivo que evitó la caída de Constantinopla en el asedio de 674-678 y mantuvo el Imperio Romano de Oriente vivo todavía durante siglos.

El fuego griego, rociado desde un dispositivo desde el que bombeaba sobre los barcos enemigos, era una líquido viscoso que se incendiaba en contacto con el agua y ardía ferozmente. Inventado posiblemente en 670 por un arquitecto judío sirio llamado Calínico de Heliópolis (Καλλίνικος) según la cronografía de Teófanes, los ingredientes del fuego griego se mantuvieron como un secreto de estado, conocido solo por el emperador bizantino y la familia de Calínico.

La composición exacta aún se desconoce, pero por las propiedades que se le atribuyen se pueden deducir algunas cosas. Por las descripciones de su funcionamiento se infiere que era algún tipo de mezcla autoinflamable, que no necesita una fuente de energía externa para comenzar a arder. Una posible mezcla de estas características tendría una base de cal viva (CaO) y petróleo. La cal viva, obtenida calentando caliza (CaCO3) o conchas, genera muchísimo calor cuando se la combina con agua. Si una mezcla de cal viva y petróleo entra en contacto con agua, el calor que genera la reacción de la cal viva con el agua puede incendiar el petróleo.

Se suponía que la arena, la orina y el vinagre eran los únicos medios eficaces para extinguir el fuego griego. Por “vinagre” los cronistas probablemente se referían a cualquier disolución salina que formase una costra al evaporarse, lo que extinguía las llamas evitando el contacto con el oxígeno; el mismo fundamento de los extintores de polvo o dióxido de carbono que hoy día se recomiendan para extinguir los fuegos provocados por cal viva.

De forma análoga, por “orina” también habría que entender algún tipo de disolución concentrada, como orina almacenada durante un tiempo y parcialmente evaporada, que contendría una cantidad considerable de sedimentos. La orina fresca es básicamente agua, lo que avivaría la virulencia del fuego griego (además el petróleo es menos denso que el agua y sobrenada, con lo que sigue ardiendo) y, por otra parte, no parece fácil encontrar el número suficiente de voluntarios en caso de ataque.

Las versiones refinadas del fuego griego incorporaban nitrato sódico (NaNO3) que con el calor de la hidratación de la cal viva proporcionaría oxígeno suficiente para mantener la combustión del petróleo, por lo que la mezcla seguiría viva incluso debajo del agua o debajo de arena.

Fuente: ManuelCanalesCrispin233 / Wikimedia Commons

Fuente: ManuelCanalesCrispin233 / Wikimedia Commons

Este tipo de armas no eran nuevas para la humanidad. Las ciudades sitiadas venían arrojando calderos de azufre ardiendo, asfalto hirviente y brea caliente como mínimo desde el siglo V antes de la era común. Los asirios y los griegos del Peloponeso ya usaron el petróleo líquido y la nafta de los pozos de petróleo, junto con la brea caliente y el azufre ardiente.

El sistema de ignición tampoco era novedoso. Plinio ya daba cuenta en el siglo I de que una mezcla de cal viva y petróleo podía prenderse si entraba en contacto con el agua Una mezcla como esta se usaba para encender las lámparas “mágicamente” en los templos, que se sepa, desde el siglo III.

Un "cheirosiphōn", un sifón de mano.

Un “cheirosiphōn”, un sifón de mano.

La verdadera innovación de Calínico no habría estado por tanto en la mezcla en sí, sino en el dispositivo sifónico, también en versión portátil, que se empleaba para esparcirla sobre el enemigo ya encendida (para lanzarla apagada se usaban granadas de arcilla).

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Los musulmanes, derrotados inicialmente por el fuego griego, pronto aprendieron el truco. Durante las Cruzadas los europeos se encontraron con él tanto en Siria como en Egipto. Finalmente se volvió contra sus inventores y muy probablemente se usó en el saqueo de Constantinopla de 1204.

El fuego griego desapareció, como tal, tras la caída de Contanstinopla en 1453 a manos del Imperio Otomano. Ni que decir tiene que las armas químicas continuaron usándose en los siglos posteriores. Siria lo sabe bien desde el principio.

Sobre el autor: César Tomé López es divulgador científico y editor de Mapping Ignorance

6 Comentarios

Bear GrillsBear Grills

Brulotes Alejandro Pons Renzo Luna Sarmiento

Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHUCátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

Gracias por el apunte Bear Grills, muy oportuno el mencionar este tipo de embarcaciones. 🙂

IagoIago

En el caso de la orina, más que por provocar “costra” por sus sedimentos, entiendo que
también puede ser por la concentración de nitrógeno, que en contacto con el combustible podría llegar a desplazar el oxígeno, interrumpiendo la reacción en cadena del fuego… Extrapolando sobre materia de incendios forestales.

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El franciscano, los gamberros y el “Libro de los fuegos para quemar enemigos” (2) | Ex...

[…] Aun se publican libros que afirman que Roger Bacon fue el introductor de la pólvora en Occidente. Obviamente, eso no tiene sentido desde el momento en que ya estaba lo suficientemente introducida en 1268 como para que la chiquillería anduviese tirando petardos por ahí. Alberto Magno (patrón de los químicos en el orbe católico), contemporáneo de Bacon, también la menciona en sus libros. Y, si en el caso de Bacon no sabemos de donde extrajo esa información (puede que de los gamberros de Oxford o París) en el caso de Alberto sí se puede trazar una fuente probable. En este caso es muy probable que tomara su descripción de la pólvora del libro con el título más descriptivo que pueda existir: el Liber ignium ad comburendum hostes, esto es, el “Libro de los fuegos para quemar enemigos” que se atribuye a un tal Marcus Graecus (Marcos “el griego”), que incluye 35 recetas probadas y utilísimas, entre ellas una para el fuego griego. […]

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